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viernes, 24 de julio de 2015

Mono de Saki

Saki es bueno, Saki es muy bueno, y no es extraño que se aparezca de pronto, sobre todo si uno lleva una larga temporada pensando en fantasmas.

En fantasmas, en Walsh, en Beresford, y en la Antología del Cuento Extraño (1976) que mencioné en una entrada anterior a propósito de un cuento de Beresford titulado el "El misántropo". Pero, ¿qué pinta Beresford en mis pensamientos fantasmales acerca de Saki?, nada realmente, excepto por el hecho de que ambos (además de Nicanor Parra y Max Beerbohm), aparecen mencionados en la presentación de un relato de este último llamado "Enoch Soames". Y resulta que "Enoch Soames" está bien, que Beerbohm está bien, pero que en principio todo arranca desde Saki: de lo birmano que era Saki, de lo grande que era Saki, de lo necesario que es leer a Saki. Y así me he quedado, con mono de Saki. 


Y nada más leer Saki voy a por una de mis libretas y busco mis notas a cerca de su relato: "Laura". Aparece en el primer volumen de la antología arriba citada y comparte escenario con relatos de Beresford, Devaulx, Bierce, Borges y otra docena de escritores cuya temática navega entre lo curioso, lo raro, lo extraño y lo más extraño. 

El cuento seleccionado por Walsh para esta antología  ("Laura") no es a mi parecer el más llamativo que escribiera Saki, y sin embargo en él converge todo lo que hace de este uno de mis autores favoritos si de territorios oscuros y de sus habitantes de trata. Un viaje que hago cada vez con menos frecuencia pero del que siempre rescato a Saki y su humorismo lúdico en los territorios del horror. Reviso mis notas. Veo que mi descripción de "Laura" es abundante. La lista de calificativos abarca un folio y se encuentra justo después de mis impresiones sobre el cuento de Oliver Onions ("El buque fantasma"), impresiones que no sólo son breves sino que además acaban con la frase "me ha quitado las ganas de vivir..." en una agónica y desfigurada línea descendente.  

martes, 21 de julio de 2015

El muro (Jordi Ribas)

¿Qué queda si extirpamos la intencionalidad comercial a ciertas piezas publicitarias?. Si no somos demasiado aficionados a los laberintos idiomáticos en plan Perec, lo más probable es que nuestra respuesta sea; nada.


Corría el año 2004 cuando conocí a Jordi Ribas en Barcelona city, justo en medio (o más bien justo al lado) de una plaza fuertemente resguardada por palomas. Jordi Ribas es diseñador gráfico, escritor sin temor a palomas o a cualquier otra clase de pájaro y mi amigo, y hoy por hoy está embarcado en un interesante ejercicio de objetivos múltiples y premisas curiosas. Echando mano al trabajo de los diseñadores catalanes Ribas y Creus con quienes estuvo laboral y emocionalmente emparentado, muestra particulares piezas de publicidad despojadas, precisamente, de su afán publicitario. Lo que queda cuando se anula la funcionalidad de aparatos diseñados ex profeso para cumplir con esa tarea, y cómo, curiosamente, aumentan de peso a través de ese ejercicio disociativo. 

En la mayoría de los casos, muerto el producto, se extingue también el grafismo al que daba origen y sentido. Sin embargo, a veces, este último se gana el derecho de permanecer a flote, y lo hace eso sí, trastocado por el desplazamiento milimétrico, infinitesimal, que sufre todo aquello destinado a transformarse en una pequeña (o gran) pieza creativa.