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domingo, 28 de febrero de 2016

Diccionario de personajes de "El arco iris de gravedad" (parte 1)

Si hay algo que tienen las novelas de Pynchon, son personajes. Principales, secundarios, terciarios, accesorios, eventuales, circunstanciales y cualquier otro nivel posible y probable de algo-alguien que pueda inscribirse y escribirse en una novela. Y ahora, avanzando como avanzo en la lectura de "El arco iris de gravedad" y viendo la gran acumulación de apuntes, notas e ideas que va generando, he decidido que ya es hora de algo parecido a un diccionario. Como ya lo he dicho, no soy experto en el tema, pero me divierto haciendo apuntes, tomando notas y completándolas con cosillas como esta. Además, ésto podría servir de guía a algún alma errabunda en los territorios pynchonianos…

Por supuesto está incompletísimo, pero irá creciendo en la medida que avance en la lectura y vayan apareciendo más personajes o yo me adentre más en sus características. Por ahora, esto es lo que hay;

Personajes: primarios, secundarios,

terciarios y todo lo que esta entrada aguante...(parte 1)

Entrenado en la Special Operation Executive (SOE), el capitán británico Geoffrey Pirate Prentice integra la plantilla permanente de "La Visitación blanca" (White visitation), un grupo de paranormales utilizados como armas de guerra al servicio de los aliados. Los miembros de la Visitación blanca con sus poderes, capacidades, dones y habilidades— son, además de elementos cruciales en las estrategias de la guerra psicológica, una de las más acaloradas (y citadas) muestras de la imaginación pynchoniana en "El arco iris de gravedad". Ouijas, mediums, sesiones de espiritismo, lectura del pensamiento, entre otros, son los dones más comunes de quienes forman parte de esta particular división. En el caso de Pirate, su capacidad de ingresar (y hasta manipular) los pensamientos de otros, le transforman en un elemento clave y en un codiciado botín de guerra. Sus actividades como integrante de la Visitación blanca incluyen labores oficiales (recuperación de fragmentos de cohetes V, tráfico de información, coordinación de labores de espionaje amigo y enemigo) y otros no tan oficiales pero igualmente importantes si de ganar y sobrevivir a la guerra se trata. Una serie de argucias que se van descubriendo poco a poco, a medida que la mirada del narrador barre personajes en escenas saltadas, que responden siempre a una estructura precisa para conseguir un efecto de constante movilidad, como si siempre estuviera ocurriendo algo, en alguna parte, lejos de los ojos del lector. Así, de pronto, entre la escena de una bomba V cayendo desde el cielo, los escarceos amorosos de su colega Roger Mexico, sus recuerdos del pasado y sus temores del presente, vemos como Pirate experimenta el peso de su don, como observa y analiza, como se mueve en los terrenos peligrosos y resbaladizos del espionaje, la amistad y el recuerdo de un amor lejano. 

viernes, 19 de febrero de 2016

Murakami el hipnótico

Debo admitirlo, una de las decepciones más grandes que he tenido en el terreno de la literatura, lleva por nombre Haruki Murakami. 

En principio, adentrarme en la literatura de este hombre no me llamaba para nada la atención, pero, espoleado por las numerosas recomendaciones, aplastado por la descomunal fama de sus novelas, sensibilizado por los ojos de perrito con pena con que aparece en las fotos (ver foto), agobiado por las conversaciones de pasillo que siempre contenían un "Murakami" dicho como en un susurro, como si de una palabra clave se tratase, al final acabé por preguntarme: ¿pero qué hago yo sin leer a este milagro?, ¿qué hago yo tan lejos, tan perdido del círculo sagrado?

Y aunque elegido el título ("Tokio blues") y ya montado en el "vale, de acuerdo, se lee" he de reconocer que la apuesta inicial fue baja y sin muchas ilusiones. El motivo es muy sencillo; siento una profunda desconfianza hacia las novelas que gustan a todo el mundo y por idénticas razones. La estructura bien definida que forman los lectores de toda novela cuántos son, quiénes son, qué piensan, qué creen, qué vidas llevan, revelan cosas a cerca de la novela y de su escritor, así como las novelas que leemos dicen cosas a cerca de nosotros. Por regla general, las novelas que gustan a todo el mundo suelen llenar vacíos colectivos, y sólo pueden explicar la estructura de sus lectores porque su trama casi siempre se mueve, camina, corre, danza o vuela, cerca, dentro o encima de un lugar común, siempre desde la superficie y nunca desde la profundidad. Las novelas que gustan a todo el mundo suelen no profundizar en nada, son novelas que transitan por carreteras seguras con barreras de contención, teléfonos de emergencia cada 100 metros y donde la velocidad máxima no supera los 50 o 60 kilómetros por hora en días sin lluvia, carreteras en las que no hay riesgo y que por tanto no comprometen ninguna parte vital del escritor (ni del lector). Y desde mi opinión, la literatura sin riesgo, sin mojarse el culo, es como beber descafeinado, comer salsa de tomates sin tomates o beber wisky sin alcohol. Es decir, algo que se parece, pero que definitivamente no es.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Reposiciones, nuevas adquisiciones...Y dolor

He tenido suerte, si es que puede llamarse así, y gracias a esa suerte es que puedo leer sin dificultades en tres idiomas y hacer champurreo lector en otra. Ventaja y desventaja a la vez, porque así el abanico se expande y cuando la suerte esquiva, la mala memoria o los desaciertos (a veces injustificables) de la industria editorial, nos dejan sin nuestro ejemplar de esa novela estupenda, vamos y la buscamos en otro idioma...Y la encontramos...Y la compramos.

El problema de ser lector y vivir en un país que no es el tuyo y cuya lengua comprendes todavía a tropezones (pura desidia, todo hay que decirlo), es que la dificultad para encontrar novelas en papel a un precio razonable, se duplica. Qué más quisiera yo que tener cerca una biblioteca pública para atiborrarme de novelas...Pero no, así que la biblioteca privada va creciendo y va exigiendo, cual familia numerosa y alegre, más integrantes a la fiesta.

Las reposiciones
Leí "Los miserables" en mis primeros años de universidad. Inviernos lluviosos, mucho frío y noches solitarias fueron el telón de fondo de esta y otras lecturas; "Crimen y castigo", "Los hermanos Karamazov", mis primeros encuentros con Faulkner y mis ya últimas y definitivamente irretornables lecturas de Bukowski (sí, uno empieza a olvidar definitivamente a Bukowski cuando entiende que el sobresalto está bien, pero que la quietud puede estar mejor). De aquel tiempo ya no queda nada, ni siquiera esos ejemplares que compraba a precios hoy irrisorios en librerías de viejo, impregnadas por el olor de los propios libros, pero además, por la humedad omnipresente de ese lugar del mundo en que comencé a leer de verdad. Muchos de los ejemplares estaban húmedos, gofrados por las gotitas de lluvia que se colaban, sin piedad, por las paredes de esos establecimientos en los que además de libros viejos también se vendían retales de tela, se reparaban zapatos y se hacían llaves. 

"Los miserables", como tantos otros, se quedaron allí, en ese tiempo, se perdieron en las tantas perdidas de la vida que exige moverse constantemente por la anatomía del mapa, en cajas se quedaron, cuando ya no fue posible transportar tanto a todos lados. Veintitrés kilos de peso, no dejan mucho lugar a los recuerdos. Sólo cuando comencé a sospechar que el sitio en el que me encontraba sería mi lugar definitivo en el mundo, me di a la tarea de reconstruir mi biblioteca, no lo era, y tuve que abandonarla otra vez. Pero así son las cosas y así es la vida de las bibliotecas personales, peligrosa e incierta, casi siempre un poco triste. 

Hoy por hoy, dos o tres veces al año voy abasteciendo mi pequeña biblioteca. Entre la compra de títulos de autores que aún no he leído (recomendados por personas en cuyos gustos literarios confío plenamente) voy esperando por buenas traducciones de mis viejos estandartes, y los voy leyendo a ratos y a trozos, y los observo cada vez que paso por la sala. Y hace tiempo que tenía ganas yo de un ejemplar de "Los miserables", uno que de ser posible no costara 45€ (como la edición de Alianza Literaria del 2013) y cuya traducción fuera, como mínimo, decente. Así que, cuando en mi última visita por Amazon me encontré con la versión completa de editorial ALIANZA, en dos tomos, tapa blanda (como me gustan a mi), traducida por María Teresa Gallego y por el módico precio de 22,80€, pues no me lo pensé dos veces, bueno sí que me lo pensé dos y hasta tres veces; comparé traductores, cotejé opiniones, comparé con el original en francés...Y todo parece indicar que la traducción es meritoria, que la versión es la completa y que la compra, en definitiva, ha sido buena. Ya lo comprobaré en lo que queda de este invierno.

viernes, 5 de febrero de 2016

Por qué no leen los que leen

De qué va esto
La idea de escribir lo que sigue nace de la lectura de "Contra el fundamentalismo del lector", la última entrada del blog de Elena Rius NOTAS PARA LECTORES CURIOSOS. Una entrada donde la autora deja ver su suspicacia ante la avalancha de admoniciones positivistas en pro de los innumerables beneficios de la lectura, y donde se plantean asuntos interesantes (y también un poco peliagudos), de temas siempre presentes en el mundo del lector, como el valor de las cualidades funcionales de la lectura o la supuesta capacidad pontificadora de la literatura. Y, esto es lo que ha salido...

Jamás pensé que pondría una foto
de este hombre en mi blog...
Por qué no leen los que leen
Uno de los vástagos más robustos de la actual cultura pop es la mitificación de perogrulladas en base a un supuesto respaldo científico. Cosas como prefiera las verduras a la comida chatarra, haga ejercicio en lugar de estar todo el día con el culo en sillón, prefiera los alimentos con poca grasa a los que chorrean ácidos grasos saturados que da gusto y otras cosas del género, de pronto requieren del respaldo de estudios hechos en prestigiosas universidades y del trabajo de decenas de científicos, como si el sentido común ya no fuese aval suficiente con que ir buscándose la vida.

Pero es que además, a esta locura de creer ciegamente en todo lo que tenga tintes de ciencia o a lo que alguien haya encasquetado un "neuro" por delante, se suma la costumbre de informarse a través del mayor sistema de recopilación de mitos y de filosofía de andar por casa que jamás haya parido la especie humana; facebook. Un bombardeo constante de "haga esto para vivir mejor", "coma esto para estar más sano", "evite esto para reducir el estrés", y que en el último tiempo ha dejado la cotidianidad y la cultura del cuerpo, para meterse con fuerza en otros terrenos, en ese terreno, en el terreno de la lectura; "Leer aumenta el flujo de sangre hacia el cerebro", "Un estudio realizado en Harvard indica que quienes leen alcanzan un [reemplazar aquí con un índice que jamás es inferior a veinte puntos] más de coeficiente intelectual que quienes no leen", "Leer reduce la probabilidad de sufrir Alzheimer", "Leer aumenta la esperanza de vida y te vuelve, invariablemente, más intelectual, más guapo, y mucho más apetecible al sexo opuesto, sobre todo si lo que lees es una edición de lujo de tirada limitada" (bueno esto último me lo he inventado yo pero seguro que más de algún científico de la Penguin Random House lo está investigando). 

¿Por qué la gente empieza a leer?
Ésta es fácil. A la lectura se llega por las más variadas razones; porque te lo enseñan en el cole, siguiendo el ejemplo de los padres, por curiosidad, por necesidad, por escapar de una determinada realidad, por obligación. Siempre empieza más o menos de la misma manera. Ahora, por qué la gente sigue leyendo, eso es otra cosa.


¿Por qué la gente sigue leyendo?
Hay quienes opinan que ésta es una de las preguntas más improductivas que se pueden hacer sobre los lectores, porque tratar de explicar la razón de una conducta que aparece frente a estímulos siempre difusos, siempre imprecisos, y sobre todo, siempre íntimos y estrictamente personales, es inútil por su generalización, tiene poco o nulo valor como medida. No hay generalización en el gusto por la lectura y hasta el mismo lector tardará varios años si es que lo hace, si es que le interesa en llegar a descubrir el porqué. Lo más probable es que nunca lleguemos a conocer las verdaderas razones que nos llevan a leer, pero lo que uno sí sabe, de lo que uno sí está absolutamente seguro, es de por qué NO lee; no leemos ni para aumentar el coeficiente intelectual ni para mejorar la compresión de lectura ni para aprender palabras nuevas ni para darle sentido a nuestra vida vacía, ni, válgame dios, para ser más corteses y mejores personas, como argumentaba un usuario de facebook en uno de esos inclasificables y difusos hilos de comentarios en los que llevado por la inexperiencia y algo que podría llamarse buena fe, me enredé hace poco tiempo. "Nadie lee La vida breve para aumentar el vocabulario ni American Psycho para ser mejor persona", alcancé a argumentar justo antes de que el fundamentalista de la lectura bloqueara mis comentarios y me advirtiera de que iba a denunciarme al dios facebook por mi falta de tolerancia y esta parte me encanta— de respeto hacia la literatura [sic]. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Reseña; La flecha del tiempo (Martin Amis)

En 1967, cuando ya era amo y señor del vértice que forman el consumo de drogas, las visiones futuristas y la esquizofrenia paranoide, Philip K. Dick lanza al mundo otra de sus visiones; "Counter-clock Word" ("El mundo contra reloj"), una novela escrita sobre la paradoja del tiempo marcha atrás. La gente no come, regurgita; los excrementos no salen, entran. Los seres humanos vuelven a la vida en los cementerios con la ayuda de oscuras empresas dedicadas a proveer de servicios médicos y legales a quienes emiten subterráneos y desesperados gemidos desde las tumbas, y que, al final (o al principio, según se mire), serán concebidos por parejas que sin necesidad del amor (puede que sin siquiera conocerse), estén dispuestas a dar origen a esa vieja-nueva vida en extinción. 

"Me llamo Tilly M. Benton y quiero salir de aquí", suplica la anciana sepultada bajo la hierba espesa de un cementerio abandonado, mientras el oficial Timbane, apostado junto a su tumba, empieza a entender que esa, será una noche muy larga.

Una novela que sí, claro, es de ciencia ficción porque, sometidos como estamos al curso del tiempo hacia delante, propone una realidad imposible pero compuesta de todo aquello que sí que es posible y que hace de la ciencia ficción de P. K. Dick una ciencia ficción donde ese futuro tan cercano, esos androides tan humanos y esa tecnología tan retro, no sean más que el trampolín y la excusa para obviar las limitaciones que impone esta realidad y acabar hablando de sus verdaderas cuestiones; la extrañeza como código, la perplejidad como forma de vida; "En realidad, hay un problema aún mayor. No nos sentimos cómodos en ninguna parte. ¿Por qué?", así, desde el inicio de su inicio, en "Confesiones de un artista de mierda" (una de las tantas novelas que escribiría cuando todavía luchaba por convertirse en un escritor serio), P. K. Dick ya definía las coordenadas de su universo, de todos sus universos paralelos.

Y bien...En 1991 llega a este universo una más de las réplicas de Dick en otros mundos; "Time's Arrow" ("La flecha del tiempo") de Martin Amis. Una novela que, al igual que "El mundo contra reloj", se estructura sobre la base del tiempo en sentido contrario, primera de las razones del asombro que produce la etiqueta de "originalidad" y "hazaña de imaginación" con que se le ha calificado

Con recreaciones tan similares que rayan en el plagio (el rejuvenecimiento del cuerpo, el funcionamiento biológico de las vísceras, las relaciones de reacción-acción de los protagonistas), la primera mitad de la novela describe el viaje del anciano Tod Friendly, un hombre agobiado por una culpa opaca y lejana que toma forma a medida que rejuvenece y que le obliga a cambiar de identidad en varias ocasiones. Sólo el narrador (en la voz de una conciencia interna) se beneficia de la experiencia, mientras Tod permanece en un estado de amnésica inconsciencia guiado en todo momento por efectos predeterminados. Se configuran así una serie de perturbadoras ironías, cotidianas primero como la inversión de los procesos vitales o el efecto emocional antes de la causa, pero magnificadas después al punto de servir al protagonista para justificar algo tan irracional como el holocausto nazi. Y, a medida que avanzamos hacia allí, la metáfora de los excrementos se va haciendo cada vez más relevante, porque en un mundo hacia atrás no es la comida la que alimenta y mantiene al cuerpo, sino los excrementos que ingresan a él. Los excrementos son, entonces, los que aseguran la supervivencia. Así, en el clímax de la justificación moral, Auschwitz aparece a los ojos del ahora doctor Odilo Unverdorben como "un campo hecho de mierda".