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martes, 22 de marzo de 2016

Los monstruos que no decimos (Jordi Ribas)

Como os he comentado, de tanto en tanto me dedico al robo. Voy a la web de Jordi Ribas, cojo las entradas que más me gustan, las traduzco al castellano y las publico aquí. Con un par. Resumo días de trabajo (que el hombre se documenta y no pone una coma donde no corresponde), en sólo un par de horas de traducción y de disfrute gratuito. Enriquece el contenido, mejora la imagen, aumenta las visitas. Guapa, así es la vida del ladrón.

Pero en esta ocasión, además del hecho de que la obra del artista Flóra Borsi me deslumbra tanto como a Jordi, rescato también, tanto de la artista como de la entrada de mi amigo, la reivindicación de un concepto que adoro cada día más; la lentitud y el desplazamiento milimétrico de todas las cosas. Nuestra venganza, activa y funcional, contra los tiempos de babeo apresurado en que nos ha tocado existir. Vivir en un segundo, elástico, estirado hasta el infinito, mientras observamos desde allí (desde esa lentitud en la que no pasa nada, pero pasa siempre, tanto, todo) cómo se forman y se deforman las cosas. Metabolismo basal como pilar fundamental para tratar de comprender el mundo que nos rodea. Así que acá va, su reivindicativa y más reciente entrada en donde revela el gran talento de una luminosa gota de sangre joven...


Los monstruos que no decimos
"Uno de los efectos perniciosos de internet es que la estupidez humana puede viajar a la velocidad de la luz. La inmediatez como conducta y la fe ciega en todo aquello que sea instantáneo propician el desarme de los conceptos. Expulsada de nuestras vidas la pausa cautelosa, los comunicados visuales y verbales se propagan con la urgencia de un incendio que nos abrasa aún antes de encenderse. Quienes reivindicamos el regreso plácido a la lentitud no acabamos de fiarnos de estas prisas compulsivas. Pero hay momentos en que el espíritu de Arthur Rimbaud, poeta que a los veinte años ya había escrito los versos más notables de su obra, vuelve a visitarnos con una sonrisa victoriosa. Aceptémoslo. Algunas personas viven rápido. Hoy, como pasaba ayer, emergen de la nada talentos precoces, exóticos animales artísticos que despuntan con la aceleración de un relámpago.



Con veintidós primaveras de edad, la fotógrafa y artista visual Flóra Borsi (Hungría, 1993) pertenece a esta rara fauna de creadores que maduran a ritmo vertiginoso. Sus imágenes pivotan alrededor de la difícil relación entre cuerpo y mente. Es un universo de gran fuerza psíquica. Sueños, fetichismo, fantasías oscuras, emociones complejas, fragilidad del yo ante un mundo incomprensible. Max Ernst pensaba que a la locura cruel de los poderosos había que oponer la locura indómita de los artistas. Flóra Borsi estructura su alienación con ideas brillantes y virtuosismo digital. Observamos una propuesta que se interroga sobre el desconcierto del ego a través de un ingenioso sentido de la feminidad. Un arte de deseos ocultos y pulsiones secretas que no duda en estirarse, públicamente, sobre el diván del psicoanalista. 



Las fotografías de Flóra Borsi se caracterizan por la densidad conceptual. La escenografía, las luces, los cromatismos, las atmósferas, se adaptan a aquello que se pretende comunicar en cada instantánea. Esto es del todo comprobable en la serie de autorretratos Animeyed. Seis chicas, la misma Flóra transmutada, establecen un vínculo ocular con un gato, un palomo, un conejo, un ofidio y dos pescados. Hay una simbiosis entre humanidad y zoología. Los ojos de los animales completan la mirada de las chicas y tan poderoso resulta este ensamblaje, que las figuras femeninas se mimetizan con los colores, aspecto y psicología de las diferentes especies. Híbrido bestiario emocional que se expresa con el estilo de los retratos manieristas. No estamos lejos de contemplar seis princesas de E'boli del siglo XXI. Un solo ojo humano nos escruta desde cada rostro onírico.

Josep Vicenç Foix, a su poema Es cuando duermo que veo claro, proclama:Con una aguja saquera mato el monstruo que no digo. Flóra Borsi no elimina los monstruos, sino que los saca al exterior. Como los surrealistas históricos, la artista nacida en Budapest se da cuenta de la importancia del inconsciente en el hecho artístico. El conjunto de fotos Des monstruos lo certifica. Con la técnica milenaria de las sombras chinas, los cuerpos y los tules translúcidos recrean formas misteriosas, atávicas. Seres alados o antiguos demonios se dinamizan como la caligrafía de un alfabeto todavía por descifrar. Las anatomías y tejidos parecen perfilarse con la tinta de un pincel mojado en los abismos de la mente.




Según Carl Gustav Jung, la sombra manifiesta aquella personalidad escondida, reprimida, de estatus inferior y culpable que, en las últimas ramificaciones, derivaría hacia un regreso al animalidad. Los símbolos típicos de las tinieblas individuales y colectivas son las serpientes, dragones, quimeras y otros iconos maléficos. En Des monstruos se integra todo este imaginario ancestral, que se origina en los temores antropológicos del homo sapiens.



El arte contemporáneo transgrede la relación tradicional entre artista y obra. En una de sus manifestaciones más osadas, la perfomance, la propia anatomía del creador se convierte en objeto artístico. También en sujeto. Ya no se ambiciona un planteamiento estético permanente que luche por el podio de la posteridad, sino exhibir una actitud con un acto efímero que, como mucho, se fotografía o se filma. En la década del 1970, Stuart Brisley se zambulle a un depósito de agua y se aguanta la respiración hasta casi ahogarse. El motivo era forzar al individuo situándolo en un ámbito extremo. Distorsionarlo todo con un suicidio ficticio, con un bautismo ateo, que se mostraba como un rito de rebeldía y originalidad.





Flóra Borsi, en las cuatro imágenes de Asphyxia, retoma esta estrategia del ahogo existencial. La distinguimos adentrando la cara en el medio acuático, como si se quisiera llevar unas fotos de carné de identidad para ser reconocida en una realidad paralela. La refracción del líquido modifica los detalles faciales y los transforma en una máscara expresionista. Gestualidad transfigurada que se instala en una burbuja, en un útero metafórico en busca de los reflejos del periodo prenatal. Los cabellos se vuelven algas que se mecen. Igual que en la escena de la mujer en el coche sumergido al fondo del río de la película The Night of the Hunter (1955).

Venimos del líquido primordial. El agua, elemento creador y destructor, resulta un buen espejo para plasmar el narcisismo introspectivo. Flóra Borsi es una cazadora de instantes que huyen de lo corriente. Una depredadora visual que dispara su cámara con la puntería de una mirada desde el subsuelo. Se interna en los espacios recónditos de la psique y extrae imágenes proyectivas que ayudan al autoconocimiento. Inmersiones mentales que son como láminas del test de Rorschach, pasadas por el Photoshop, donde el artista y los espectadores exploran las zonas más profundas del misterio."