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jueves, 28 de abril de 2016

Aparato raro

"En 1850, durante una excavación en Mokelumne Hill, un aparato raro fue encontrado bajo la tierra. Cuando la pala del gambusino dio, con fuerza y estrépito, contra una superficie decididamente metálica, supieron al punto que habían encontrado algo, aunque al observarlo detenidamente no fueron capaces de precisar el qué. Nunca sabremos el influjo que dicho aparato había tenido o podía tener  sobre  el  curso de la vida en aquella región, sin embargo es necesario aclarar que esa misma noche la señora Mellie, quien había disfrutado durante toda su vida de una salud irreprochable, murió sin más sobre las colchas de su cama. Tenía entre las manos la foto de un hombre joven, un hombre que los observó a todos con indisimulado reproche, como si al extender los dedos de la señora Millie para retirar la foto se hubiese roto un hilo irreparable. Esa misma noche, además, nacieron un par de niños y una cabra. Nacimientos que, valga aclarar también, no eran esperados por nadie.
Reproducción del aparato hecha por Paolo Soleri
(ingeniero de minas). La imagen es cortesía de sus herederos.

El aparato fue trasladado a la oficina del sheriff donde ha permanecido desde entonces. Ante la imposibilidad de clasificarlo ante el temor de que la aparición de un aparato raro en las entrañas de un pueblo inminentemente minero ahuyentara a los inversores o disminuyera el ímpetu colonizador de quienes decidían atravesar sus fronteras, se tomó la inusual decisión de no informar de su descubrimiento a las autoridades estatales. Así lo confirma un documento no oficial (pero de valor moral según la costumbre de la época) firmado por el ministro del pueblo, el sheriff y el regente de la cantina. 

Cuando la fiebre del oro tocó a su fin y el pueblo volvió a ser sólo un simple pueblo sin interés comercial ni turístico para ningún viajero, ya nadie recordaba su presencia ni la forma, intempestiva y dramática, con que había aparecido. El paso del tiempo, el movimiento interno y natural de la vida cotidiana (las muertes, los nacimientos, los cambios administrativos, los pequeños desastres naturales y privados), no han ejercido sobre el aparato ningún influjo relevante a destacar. Permanece en la misma habitación donde se le puso hace más de cien años y ha sabido integrarse plenamente a la comunidad ejerciendo sin reproches de ningún tipo, como sostenedor de archivadores, perchero para los sombreros, generador de humus para las plantas y, en ocasiones en que la temperatura endurece ostensiblemente las tardes invernales de aquella zona, también como estufa. Tal vez, la única queja que corroa la mente de los vecinos con respecto del aparato, sea que de tanto en tanto (puede que cuando extraña el contacto de la roca fría contra su delicada piel de metal), emita durante horas un bip-bip desafinado e intermitente, muy similar al de las impresoras IBM estropeadas o al de las ruedas de una carreta sin engrasar."


("Inventario de objetos aparecidos o desaparecidos; 
Efecto de su presencia o ausencia en el entramado social", página 49, 1995) 
Editorial Pequeños Mecanismos


miércoles, 20 de abril de 2016

Fragmento de "Eróstrato, incendiario" (1896), Marcel Schwob

Arde, arde, todo arde. Eróstrato grita su nombre en medio de las llamas, funde su huella con las cenizas del Artemision. 

Eróstrato; el más devoto, el más leal, el repudiado por la diosa. Eróstrato el incendiaro. 

No pretende huir, los guardias le cogen, no opone resistencia. Ha profanado el tesoro de Artemisa, sólo él conoce el gran secreto vedado a los filósofos; las palabras de Heráclito latirán en su memoria más allá de la muerte.

Ha alimentado el fuego con el manto sagrado. Los pilares del templo se funden con la cúpula de ébano. Las voraces lenguas rojas tampoco mostrarán respeto por la diosa.

"En efecto; al ser torturado confesó que había comprendido de repente el sentido de la palabra de Heráclito, el camino de lo alto, y porqué la filosofía había enseñado que el alma mejor es la más seca y la más inflamada. Atestiguó que su alma, en ese sentido, era la más perfecta y que él había querido proclamarlo. No reconoció ningún otro motivo a su acción como no fuera la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que sólo su reino hubiera sido absoluto, puesto que no se le conocía ningún padre y que Herostratos hubiera sido coronado por Herostratos, que era hijo de su obra y que su obra era la esencia del mundo; que de ese modo habría sido al mismo tiempo rey, filósofo y dios, único entre los hombres."
La noche en que Eróstrato incendió el templo en Éfeso, vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.


martes, 19 de abril de 2016

Fragmento de "Bartleby, el escribiente" (1853), Herman Melville

Asistimos al final. El abogado observa al escribiente. Bartleby, acurrucado al pie de un grueso muro espera su inevitable final. Somos testigos del hombre que ha cumplido con todas las exigencias; eficiente, laborioso, serio, responsable, perplejo ante la discordancia, y, al otro lado, inmóvil y contemplativo, al que es una carta muerta, un sobre sellado al que nadie (salvo un destinatario ahora inexistente), podría develar. 

No puede existir comunicación verbal, no hay lazos que le unan a nadie, ha llegado tarde, se ha extraviado en el camino, alguien se ha confundido en las calles, en los buzones de unas casas que, a primera vista, parecen todas iguales. La carta sin destinatario ha vuelto al servicio de correos.

¿Qué se hace entonces con el elemento que no encaja?, ¿qué esperanza hay para la pieza que no funciona?  

"El patio estaba completamente tranquilo. A los presos comunes les estaba vedado el acceso. Los muros que lo rodeaban, de asombroso espesor; excluían todo ruido. El carácter egipcio de la arquitectura me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un suave césped cautivo. Era como si en el corazón de las eternas pirámides, por una extraña magia, hubiese brotado de las grietas una semilla arrojada por los pájaros."


lunes, 18 de abril de 2016

Pruebas irrefutables de vida en otros planetas (Rodrigo Fresán)

Así, como al libre chisporroteo de las neuronas se le antoja, se van presentando los relatos esta esta sección. Y hoy, buscando en mi minibiblioteca una novela perdida de Roberto Bolaño, me he encontrado por casualidad con "La velocidad de las cosas", un libro de relatos del cada vez más leído en España, Rodrigo Fresán. Un escritor argentino afincado en Barcelona, poseedor de una vasta cultura lectora, amigo íntimo de Roberto Bolaño y experimentado ladrón de libros en su juventud. Un escritor que no escribe novelas de ciencia ficción sino con ciencia ficción, pynchoniano, cheeveriano, dickniano, bolañiano, prologuista de grandes autores, articulista en Página 12, crítico de la sociedad de consumo, la inmediatez y la banalidad, y fértil, ultrafértil, escritor de maravillosas realidades paralelas, que, casi siempre, tienen como protagonista a un escritor.


3) "Pruebas irrefutables                  de vida en otros planetas" 

(Rodrigo Fresán);

Rodrigo Fresán, el escritor de la literatura amable, de la complicidad con el lector, de lo sencillo presentado como grandes cuestiones a través de la varita mágica de las palabras, y que, últimamente, en su novela "La parte inventada" ha devenido en una repetición (a veces un poco pesadita) de sus antiguos temas y novelas. No voy a mentir, no acabé ni pienso acabar "La parte inventada", y sin embargo, a veces, me da por volver a los relatos de "La velocidad de las cosas", una larga aspiración de oxígeno puro; maximalista, alucinógeno, onírico, Rodrigo Fresán destila frases que se enrollan una y otra vez sobre sí mismas y que son una verdadera delicia en tiempos en los que a uno le da por leer llevado únicamente por el gusto de ver cómo las palabras se deslizan, con fluidez y encanto, frente a los ojos.

En "Pruebas irrefutables de vida en otros planetas" (el segundo de los relatos que forma parte de  "La velocidad de las cosas") Hilda, una niña pequeña, fea, pero extremadamente inteligente, pervive con unos padres grandes, hermosos, pero indeciblemente superficiales. Desazón, soledad y también algo de esperanza, impregnan las páginas de un relato que divaga entre la vida y la muerte, el espacio y la tierra, el amor y el dolor, el presente, el pasado y el futuro. Un futuro íntimo pero también universal, distópico para algunos a la vez que utópico para sus elegidos, que discurre tan sólo un paso más adelante que el nuestro. Un escenario que brilla en toda su oscuridad, en pulsiones histéricas de mundo fuera de control o controlado por el vacío, por luces que jamás de apagan, por fiestas que nunca terminan. Personajes que transitan entre la realidad real y la realidad del muñeco que, acabada la función, se quita las pilas para caer en su caja, hasta la próxima, hasta cuando haya que desempolvar el traje y salir al escenario a recitar, otra vez, las mismas líneas tan conocidas y gastadas.

Desde la perspectiva de un narrador muerto que observa desde el más allá se narra la historia de un hombre, de una mujer, de una niña, la historia de una sociedad acuciada por la tiranía de la luz y la velocidad. Y como conjuro al aislamiento, a la imposibilidad de establecer relaciones auténticas con otros seres humanos, aparece Hilda, una pequeña que, aferrada a un almohadón que representa a la tierra y las distancias cósmicas que la separan de cualquier otro lugar habitable del universo conocido, pasa las noches rezando a sus dioses, recitando las inconmensurables y tranquilizadoras medidas del espacio. Ajena a la vida de sus padres, observadora de un mundo del que no puede sentirse parte. Hilda pequeña, inquietantemente lúcida, extrañamente fuerte, piensa en lo que importa de verdad; en la materia que separa las constelaciones, ese espacio que para ella no es vacío sino el lugar donde se encuentra la respuesta a todas sus preguntas; allá, fuera, lejos, sola. Hilda no es otra que la persona que descubra pruebas irrefutables de vida inteligente en otros planetas


"Hilda empezó a rezar.
Hilda aprendió a creer en algo, a partir de la caja de un almohadón importado.
Hilda le reza todas las noches a los Grandes Jerarcas de Urkh 24.
Hilda no va a traicionar a su almohadón.
Hilda va con su almohadón planetario a todas partes aunque, con el paso de los años y los colores desteñidos, resulte un tanto difícil identificar la silueta de los continentes.
Mejor, piensa, Hilda, mi almohadón ya no es más la Tierra; ahora mi almohadón es Urkh 24"


Los relatos de Fresán (desconozco si sea ese su objetivo), parecen estar escritos por y para una cofradía de seres descontentos y perplejos que transmiten desde su desesperación y que proyectan, desde su particular versión del mundo, lo mismo que nosotros los lectores hemos vivido y sentido. No sé si sea necesario leer a todo Fresán, pero sí que es recomendable leer ciertos relatos de Fresán, y, "Pruebas irrefutables de vida en otros planetas", es uno de ellos.

Según dicen, Rodrigo Fresán es uno de los escritores más prometedores de la literatura contemporánea escrita en castellano, incluso, en múltiples ocasiones, se le ha comparado con una versión remasterizada y pop de Gabriel García Márquez, con todo lo bueno y todo lo malo que eso pueda significar. Sus novelas más recomendables (ya que estamos) son "Los Jardines de Kensington" y "Mantra" y por supuesto todos los relatos de "La velocidad de las cosas".



sábado, 16 de abril de 2016

El arco iris de gravedad (parte 8)

Páginas 87-97

Parte 8 de la "reseña-resumen"             de "El arco iris de gravedad"               de Thomas Pynchon...



Las secciones de la novela, de común breves, se extienden algo más cuando se trata de abordar estados de ánimo, emociones o sueños de los personajes. En esta sección (las "secciones" como yo las llamo, son los párrafos contenidos entre un asterisco y el siguiente), la acción se desarrolla a través de pensamientos y recuerdos, impresiones que personajes como Jessica Swanlake, Roger Mexico, Edward W.A. Pointsman y Geoffrey Pirate Prentice tienen sobre sí mismos, sobre otros personajes o sobre la guerra. Así se construye la realidad. Aparecen elementos y detalles, la historia avanza (retrocede, se detiene, se proyecta), creando la sensación de movilidad con los cambios de tiempo narrativo, la multitud de miradas sobre un mismo objetivo y la constante entrada y salida de personajes. Nadie pensaría en el desorden o en el caos, más bien un efecto de contraste o de profundidad, de complejidad que no es no es de no entender lo que pone sino de leer algo que no es lineal en el tiempo ni plano en el espacio.


Jessica despierta junto a Mexico en la casa donde se ven a escondidas. El sueño-pesadilla que tenía justo antes de despertar, se funde con el frío de la habitación, con el aspecto de las calles desde la ventana. Mexico duerme, murmura palabras entre sueños. La mente de Jessica vaga entre recuerdos y deseos ¿por qué nada puede ser normal? ¿por qué sólo la guerra importa? Desde su escondrijo la guerra parece lejana, casi irreal, y sin embargo, la amenaza es siempre latente. Aún en sueños, permanecen con los ojos pegados al cielo.

Para Jessica, Mexico sigue siendo un jeroglífico, y sin embargo, de alguna manera, es la única que le comprende. Lejos de la precognición, Mexico determina probabilidades de caos explosivo de los barrios de Londres, aplicando una sencilla ecuación de Poisson sobre un mapa. Pero a Jessica se le escapan las piezas, es incapaz de unir sobre una hoja cuadriculada el probable destino de los puntos. A los ojos de Jessica, a los ojos de todos los miembros de la Visitación Blanca, Roger Mexico parece cada vez más un profeta. En los ceniceros de su despacho las colillas de cigarrillo se amontonan. Opuesto a los valores absolutos en los que se mueve Pointsman (los mecanismos precisos de la dupla acción-reacción), Mexico aparece como su gemelo matérico opuesto; como el anti-Pointsman. Todo él observado constantemente desde el exterior, como el elemento más raro e incomprensible en un grupo compuesto por seres con curiosas capacidades mentales.

Los pensamientos de Jessica continúan, avanzan y retroceden, se internan en la imagen de Mexico sobre la cama, del cigarrillo que enciende con la colilla del anterior, llenando así su necesidad de llorar...
"¿Y la gente que tendría que estar
durmiendo en esas casas vacías, la gente que fue arrojada de ellas,
algunos para siempre…? ¿Sueñan con ciudades llenas de brillantes
luces en la noche, con navidades vistas otra vez desde la ventajosa
perspectiva infantil y no como ovejas acurrucadas, tan vulnerables
en  la  desnuda  ladera  de  la  montaña,  tan  blanqueadas  por  el
resplandor de la terrible Estrella? ¿O sueñan con canciones alegres,
tan  encantadoras  y  auténticas  que  pueden  recordarse  al
despertar…? ¿Sueños de tiempos de paz…?"
Y de pronto, la muerte entra derribando las ventanas con la onda expansiva de su presencia. Un cohete ha caído cerca de la casa.





domingo, 10 de abril de 2016

Mientras agonizo (William Faulkner)


Novela polifónica, novela de voces, novela coral, tales son los nombres con los que se ha designado al conjunto de miradas que se reflejan sobre una realidad con tal de describirla. El  monólogo interior como devaneo de la mente sin más límite ni censura que la propia autojustificación; tales fueron las herramientas utilizadas por Faulkner para conseguir la gran novela que es esta novela. 
A través de sus cincuenta y nueve monólogos interiores se narra la odisea de los Bundren, una familia de campesinos pobres que habrá de luchar, contra fuego y marea, para cumplir con el último y tiránico deseo de la madre, Addie Bundren. 

A partir de una idea poco pretenciosa (trasladar el cadáver hasta un cementerio de Jefferson), el relato se transforma en la presentación minuciosa de la realidad más cotidiana y atemporal, abarca, a través de sutiles metáforas, la multitud de escenarios en los que tienen lugar los actos humanos. 

La realidad se construye a partir de múltiples miradas; de los más cercanos a la familia, de observadores ocasionales, del padre (Anse Bundren) y de los cinco hijos; Cash, Darl, Jewel, Dewey Dell y Vardaman. Intercalados en un solapamiento de recuerdos, escenarios y tiempos narrativos, cada micronarración es una pieza que contribuye a la complejidad y a la sensación de profundidad que caracterizan a esta novela; un artificio elegante que trastoca los hechos bajo la mirada de quien, en su momento, hace las veces de narrador. Y entonces, cuando ya hemos aceptado la propuesta del monólogo interior y hemos descartado la presencia de un narrador común a todos los hechos, Faulkner nos sorprende con una nueva virguería; Darl como narrador omnipresente, Darl describiendo en todos sus detalles una escena de la que no pudo formar parte porque no estaba presente cuando ésta tenía lugar. Darl no podía conocer los movimientos de los personajes, sus expresiones, sus rostros afectados y sin embargo lo sabe y lo experimenta todo, cada movimiento, cada pensamiento, cada acción secreta en busca de un objetivo. 

sábado, 2 de abril de 2016

George y Vivian (John Updike)

No inmediatamente después de Cheever, pero sí muy cerca, aparece Updike, como un chispazo. Updike, la imagen de Updike, la estatura de Updike. Su elegante amabilidad. La cara de Updike sonriendo, la cabeza enfundada en un gorro de lana que le cubre hasta las cejas. 

Updike engaña, y mucho. Updike engaña, no a la manera en que engañaba Cheever cuando publicaba sus cuentos en The New Yorker y reflejaba densas verdades escondidas bajo inocentes relatos de parejas en crisis, pero que igual nos dice, desde la forma y desde el fondo (desde lo que se dice pero también, y sobre todo, desde el cómo se dice) que la vida, en toda su simplicidad de hechos cotidianos, nos deja, a veces, inesperados contactos con la belleza, lo supremo y lo inevitable. Epifanías que aparecen de pronto ante la desbordante visión de una mujer hermosa que habla con un gondolero a la orilla de un canal de Venecia o en un viaje que acaba en un mausoleo lleno de sarcófagos. 


2) "George y Vivian" 
(John Updike);  

Nadie quiere envejecer. A nadie le satisface la idea de un mundo en constante regeneración, una regeneración que va dejando tras de sí las muestras fosilizadas de las generaciones pasadas; nosotros. Y los viajes, por alguna razón, reviven la ilusión de juventud, el deseo de seguir vigentes. 

George y Vivian Allenson (ella casi cuarenta, él casi sesenta) recorren en un Fiat los primorosos rincones de la región del Veneto. George, lanzado como va, conduce como un loco; adelanta, aumenta la velocidad, se resiste a la ruta marcada en el mapa, lleva al límite las reservas del depósito. Sale a la carretera marcha atrás. George ha decidido dejar las pastillas para la tensión en casa; se alegra fugazmente por su renovada energía sexual, busca olvidar algo en las carreteras de Verona, en los pequeños pueblos donde se detienen brevemente a caminar y curiosear, como dos exploradores perdidos en un mundo habitado por niños. En Sirmione sin embargo, experimenta su primer reencuentro con la realidad...


"Catulo había veraneado allí, según les informó un monumento en el muelle [...] Cuando George cerró los ojos y alzó la cara al sol, tuvo una sensación de mareo, como de estar en el andamio del hombre mayor, colgado a una altura de matarse, a miles de millas de casa, en un pequeño planeta azul, y que pronto estaría muerto, tan muerto como Catulo, y cesaría su consciencia, su consciencia del sol y de la sombra, de las voces de los niños excitados que les rodeaban. Su breve vida no tenía ningún objeto, y su compañera no era ningún consuelo"

Los mejores momentos parecen haber quedado atrás. En una de las curvas, cuando la fricción forzada amenaza con derretir las ruedas del pequeño Fiat, George recuerda su breve contacto con un tipo de belleza ya inalcanzable para él; la imagen de una joven japonesa llena su memoria. 

Por lo bajo del precio del dolar, George y Vivian no pueden subir a las góndolas, han de contentarse con observar su encantador desplazamiento desde la orilla. Otros alcanzarán el mito, más ellos no. La imagen de la joven "tan bella, tan lejos de su país" se fija dolorosamente en sus pensamientos...


"No! Wait!. Aquellas dos sílabas en inglés. Algo así como un grito en una lengua que George sólo entendiera a medias, rebosaban una angustia dulce que electrizó el aire y paralizó cualquier otro movimiento. La joven, alta para su raza, con un vestido blanquísimo y su pelo, completamente negro, lacio y brillante en la media luz, corrió por el enlosado del borde del canal mientras los gondoleros se llamaban unos a otros como pájaros que despiertan [] El y ella extendieron el brazo hasta darse la mano mientras se alzaba una música imaginaria, y la japonesa, con aquella voz electrizante y llena de pasión, dijo en aquel idioma que no era el de ninguno de los dos "Your mon-ey". Una propina. [] Aquel grito le estuvo vibrando a George en los huesos hasta que por fin se durmió en la cama del hotel"

Complejo de edificios del Vittoriale degli italiani
El viaje de Geroge y Vivian acaba en el Victorial de los italianos (Vittoriale degli italiani) a orillas del lago Garda. Una visita que si pueden pagar. Al interior de la obra soñada por D'Annunzio, George vislumbra su futuro, se conmueve ante la imagen de los trece sarcófagos de mármol, pero Vivian se niega a a la rendición. Ante la visión prospectiva de la muerte explota en un arrebato descontrolado. Su frustración emerge recordando a George viejos deslices, haciendo incorrectas evocaciones de historia, trayendo al terreno del matrimonio vencido los lances de la segunda guerra mundial, echándole en cara la sincronía de la que George y Claire (su ex-mujer) parecían disfrutar en esos terrenos. "Echando chispas por sus ojos oscuros" Vivian vuelve al coche y George le sigue tratando de hacer nuevas concesiones. 

De regreso al hotel George y Vivian renuevan el amor llenando el depósito, volviendo a la normalidad del matrimonio que, después de todo, lucha por mantenerse a flote aferrado a los pequeños rituales de la vida cotidiana.

Los pensamientos y evocaciones de George sobrepasan la traducción sencilla de un viaje hecho en pareja, nos adentran en la mentalidad de un hombre que se reconoce ya en el final de su trayecto. Y a la hora del cierre, tal vez como una metáfora de la dificultad para aceptar la complejidad dolorosamente sencilla de la existencia, George expone su propia incapacidad para entender los códigos sobre los que se estructura la vieja Italia; "Este es un país duro. Ni siquiera los nativos lo entienden".

La prosa rigurosa e inteligente de Updike convierten a este relato en un relato excepcional y capital, repleto de mensajes entre líneas. Tal vez por eso el título no sea "Viaje a Verona" o "Fuera de casa", sino "George y Vivian" una radiografía de los pequeños cambios, de los desplazamientos milimétricos de la vida al final de la vida, de la incapacidad de desprendernos, así por las buenas, de eso que llamamos existencia.