(Última actualización: Agosto 2026).
Parte 1: Sobre la guerra, las bananas y los cielos de Londres.


«Llega un grito a través del cielo.
Ya ha ocurrido otras veces,
pero ahora no hay nada con qué compararlo»
(página 13)
Lo que ruge en el cielo no es otra cosa que un cohete V-2 alemán. Comienza
la evacuación en unas calles londinenses asediadas por el bombardeo.
Sabemos que la acción ocurre en Londres. Sabemos que es 1944. Sabemos que hay una guerra, aunque el escenario sea atemporal y cataclísmico, y bien podría situarse en cualquier otro tiempo y referente a cualquier amenaza humana, interplanetaria o celestial.
A nadie sorprendería que en lugar de Londres durante la Segunda Guerra Mundial, la acción se desarrollase, por ejemplo, en un Los Ángeles retrofuturista
de 2019.
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| Los Angeles City. Blade Runner (1982) |
Y lejos de diluirse, al avanzar la lectura la sensación de que todo ocurre el futuro más que en el presente se acentúa todavía más.
«Bajo los pies cruje la mugre más antigua de la ciudad, las últimas cristalizaciones de todo lo que la ciudad negó a sus hijos, todo aquello con que los amenazó y que le sirvió para mentirles» (página 15)
Poco a poco se revelan los mecanismos básicos de ese «estado de las cosas». Más que como supervivientes, los evacuados son bienes que el protocolo dicta poner a salvo. No hay heroicidad en el proceso. No hay banderas ondeando al viento. Los evacuados lo son porque en todo el conjunto de estrategias de la guerra, alguien ha decidido qué y porqué ha de ser salvado. No son los hombres sino la guerra lo que realmente importa.
La introducción al escenario bélico y al movimiento de refugiados se extiende por un par o tres de páginas. Hasta ahora todo es diáfano y sin contratiempos. Por lo pronto las ya famosas disgresiones espaciotemporales de Pynchon aún no se divisan y en la página 16 el narrador introduce a su primer personaje a la manera tradicional: el capitán británico Geoffrey Pirate Prentice.
Asediados por el bombardeo, Prentice y sus hombres permanecen en un hotel abandonado «...no lejos del Chelsea Embankment...» a las afueras de Londres.
Asediados por el bombardeo, Prentice y sus hombres permanecen en un hotel abandonado «...no lejos del Chelsea Embankment...» a las afueras de Londres.
Allí viven, duermen, esperan. Allí resisten a los bombardeos nazi a fuerza de bananas. Sí, de bananas. Porque el capitán Prentice —además de ser un agente de la Special Operation Executive (SOE), un experto escrutador de los cielos de Londres y una valiosa y extraña arma de guerra— es también un excelente
cocinero de bananas;
«Pirate se había hecho famoso por sus Desayunos de Bananas. Acudían en tropel compañeros de rancho de toda Inglaterra, incluso algunos alérgicos o manifiestamente hostiles a las bananas, sólo para contemplar cómo la acción de las bacterias junto con el entrecruzamiento de anillos y cadenas subterráneos formaba una maraña que sólo Dios habría podido desenredar, y hacía que los frutos se desarrollaran hasta una longitud de cuarenta y cinco centímetros. Sí, asombroso, pero cierto» (pg. 17)
Cada mañana los famosos desayunos del capitán Prentice, congregan a sus compañeros de guerra. Un rito que defienden a toda costa: decenas de hombres inclinados sobre sus platos, concentrados en el aroma de los deliciosos frutos, olvidando por un rato el hacinamiento, el frío, la llegada del próximo cohete alemán.
«Ahora se esparce por las habitaciones, reemplazando el habitual olor del humo, del alcohol y del sudor de la noche, la frágil y musácea fragancia del Desayuno: florida, penetrante, sorprendente, más viva que el color de la luz del sol invernal, tomando posesión del ambiente [… ]¿Existe alguna razón para no abrir todas las ventanas y permitir que el agradable olor cubra todo Chelsea? ¿Como un conjuro contra los objetos que caen de lo alto…?» (pg. 23)
Un desayuno de bananas en medio de la guerra. Una escena surrealista y cargada de humor absurdo que hipnotiza por su prosa exquisita.
Pero... ¿Bananas? ¿Por qué una fruta tropical en medio de uno de los inviernos londinenses más fríos de la historia?
Las lecturas acerca del significado de las bananas en El arco iris de gravedad son numerosas y cada quien tiene la suya. Y aún así, para cualquiera no experto en literatura, filosofía ni cultura pop de los años 60 en Estados Unidos, la banana representaría —lisa y llanamente— un pene en erección. Por cierto, te recomiendo la lectura de Beyond Naïve Criticism: The Banana Trope In ‘Gravity’s Rainbow’. A Cultural Reading In Context, donde Veronica Bălă, hace un extenso repaso bibliográfico acerca de este elemento narrativo.
Y si esa lectura intuitiva fuera correcta, las bananas —grandes, amarillas, fálicas y alegres que crecen hacia el cielo (porque sí, las bananas de Prentice crecen en contra de la gravedad)— serían la sardónica respuesta de los hombres a los cohetes V-2 enviados por los nazis...
Desde el inicio se plantea una clara disonancia entre las descripciones de infraestructuras y cohetes (frías, oscuras, arquitectónicas y opresivas) y la exuberancia de lo orgánico, lo vivo y más específicamente; lo humano. Desde el olor que producen decenas de hombres durmiendo hacinados, hasta los aromáticos y sensuales desayunos de bananas. Lo vivo rezuma autenticidad y organicidad —y aunque no siempre huela bien— se lo ubica claramente por encima de la asepsia asociada a la tecnológica.
Y esa disonancia entre ambos extremos se muestra como la base de la resistencia: si los nazis envían metal y muerte (cohetes V-2), los aliados de Prentice responden con materia orgánica capaz de engendrar vida (bananas/penes).
Y tan categórico es el deseo de plantarse —erectos— en su posición, que Prentice y sus hombres siguen comprando, intercambiando o incluso robando cacharros o ingredientes, con el objetivo de perpetuar sus desayunos de bananas. Unidos todos en la más orgánica de las rebeliones. La única que permite una mínima ilusión de control y seguridad en el escenario de la guerra.
Hasta cuando se pueda. Hasta cuando la guerra lo exija. Hasta cuando, más temprano que tarde, el próximo V-2 ilumine los cielos de Londres.





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