Páginas 26 - 33. Edición Fábula TusQuets 2012. (Última actualización: Agosto 2026).
Parte 2: Sobre el extraño talento del señor Geoffrey Pirate Prentice...
Como se mencionó en la entrada anterior, el capitán Geoffrey Pirate Prentice es poseedor de ciertos extraños talentos: uno es preparar los más variados manjares matutinos con bananas, el otro, —mucho más interesante a ojos de quienes dirigen la guerra— es lo de «meterse en las fantasías de los demás: puede, de hecho, asumir la carga de manipularlas» (pág. 26)
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«No debemos preocuparnos por cuestiones como las de lo real o lo irreal» (Geoffrey Pirate Prentice) |
De sus dos habilidades Prentice domina y disfruta de la primera: el cultivo y la preparación de bananas se le dan estupendamente bien. Ante la segunda en cambio experimenta desconcierto e incomodidad. No sabe por qué la posee. No puede controlarla a voluntad. Sólo sabe que de pronto y sin aviso puede pasearse libremente por los deseos y sueños de otro. Puede, de hecho, llegar a controlarlos. Una valiosa capacidad, si de espionaje y control de información se trata...
Su primera entrada a una fantasía es presentada en la página 28. En un único gran párrafo narrado de forma torrencial, saltando de una idea o escenario al siguiente, con múltiples referencias y cambiando de tiempo narrativo a voluntad. Así se describe lo que ocurre durante el primero de sus trances. La acción se inicia situando los hechos en el Periodo Kipling, en 1935, durante un operativo militar;
«Hombres
bestialmente peludos hasta donde podía alcanzar la mirada, dracunculosis y
llagas orientales cundiendo en la tropa, sin cerveza durante un mes…»(pág. 28)
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| Orcos guapos |
Este recuerdo o pensamiento (tal vez este deseo), en que se combinan operativos militares con recurrentes referencias sexuales, pertenece a uno de sus compañeros de escuadrón. Un soldado de nombre H.A.Loaf, un tipo de esos, no muy buena gente y que, como veremos más adelante, es demasiado inclinado a irse de la lengua:
«Esta
fantasía no podía ser de nadie que no fuese H.A. Loaf. Había por lo menos un
Loaf en cada grupo; era Loaf quien nunca se acordaba de que a los musulmanes no
les gustaba que se les tomaran instantáneas en la calle…, era Loaf [...] quien
se dirigía por su nombre de pila al sargento que mandaba la sección de policía
militar» (pág. 29)
Prentice comete el irreparable error de «verificar la fantasía con Loaf» y es así como «la Firma» —una de las múltiples organizaciones aliadas secretas— se entera del extraño talento del capitán.
En tiempos de guerra ha de aprovecharse cualquier «talento negociable» y la Firma no dudará en utilizar cada fuerza, cada poder, cada don del que disponga dentro de sus filas para hacer frente al enemigo. Aunque dichos dones tomen la forma de extrañas capacidades o enigmáticos poderes, que deambulan entre el absurdo más rampante y la realidad más deforme y alucinógena. Aunque mucho más cercana a nuestra propia realidad de lo que —tal vez— nos gustaría reconocer.
Lo que en principio podría parecernos absurdo, deja de hacernos tanta gracia cuando tenemos en cuenta que Hitler —el mismo que arrasó Europa, orquestó una matanza y convenció a todo un pueblo de que el lebensraum era un derecho biológico y evolutivo— era un asiduo consultor de mediums, adivinos y cartas astrales. Y que siguiendo el consejo de los astros y confiando en los poderes sobrenaturales de algunos de sus asesores, adoptó algunas de las decisiones políticas y militares más importantes de la historia.
Así visto, el que un soldado de ficción tenga la capacidad de introducirse y hasta manipular los deseos de otros, resulta bastante más creíble y considerablemente menos absurdo que las creencias de un hombre real, en un escenario real, en el que millones de personas perdieron la vida.
Todo lo anterior —que transita entre la perplejidad y la parodia sobre un hecho terrible— otorga cierta triste verosimilitud al personaje creado por Pynchon. Basta moverse un poco, cambiar la perspectiva ligeramente y lo que en un principio era fantástico o directamente absurdo, se torna en crítica, porque ha ocurrido de verdad.
En este sentido, el caso del Adenoides gigante aparece como otro de los elementos del absurdo que ayudan a construir la parodia. El adenoides —uno de los elementos más recurrentes cuando de analizar El Arco Iris de Gravedad se trata— ha sido interpretado por muchos como una crítica a la guerra y a las fuerzas que promueven y aseguran su existencia. Ciencia, tecnología, medicina, psiquiatría, burocracia y jerarquía militar, hasta los propios civiles ridiculizados y minimizados ante la aparición de un adenoides gigante que asola las calles de Londres meses antes del inicio de la guerra.
El adenoides, proyectado a partir de un delirio febril sufrido por Lord Blatherard Osmo —uno de los tantísimos extras que aparecen y desaparecen de la novela sin dejar rastro— aparece en el trance de Prentice como un monstruo linfático de proporciones increíbles, que avanza por Londres devorando todo a su paso, habitantes incluidos:
«Se
trataba de un Adenoides gigante. Por lo menos tan grande como la catedral de
San Pablo, y en constante crecimiento. Londres, quizá toda Inglaterra, se
encontraba en peligro mortal» (pág. 30)
Hay quienes ven en el adenoides gigante una alusión directa a la parodia hecha en la película El gran dictador (1940, Charles Chaplin), en que Adolf Hitler es personificado bajo el nombre de Adenoid Hynkel.
Otras interpretaciones sugieren que el adenoides es el ejemplo perfecto del realismo grotesco, tanto a nivel físico (es tan grande como la catedral de San Pablo) como a nivel emocional. El adenoides doblega a los humanos. Los reduce a simple alimento destinado a nutrirle. Y contra el que de nada sirven la psicología, los avances de la ciencia y la farmacéutica, el equipo técnico o la maquinaria defensiva más sofisticada. Un adenoides que resiste incluso a un baño de cocaína «la nueva y maravillosa droga» que los científicos acarrean en cubos y que le tiran por los flancos, intentando destruirlo...
Y sus víctimas —una tropa londinense lista para combatirlo— en lugar de correr cada uno por su vida, son tragados sin gritos, de hecho, son devorados mientras ríen.
«...ante las cámaras de magnesio de la Prensa, un horrible seudópodo repta hacia el cordón de tropas y, de repente, barre a todo un puesto de observación con un diluvio de repugnante mucosidad anaranjada, por la que los infortunados son tragados sin gritar, sino, de hecho, riendo, gozando…» (pág. 31)
Múltiples interpretaciones sugieren que Pynchon sugiere con esto, que estamos desnudos ante lo desconocido. Que nos defendemos con armas de cartón ante la complejidad de maquinarias de destrucción masiva que nosotros mismos hemos creado.
En cualquier caso, la lectura de Pynchon supone
sumergirse en una multitud de referencias políticas, sociales, psicológicas, literarias, etc. Tal vez tengamos que pasar por alto muchas de ellas. Tal vez incluso elijamos hacerlo así. Y lo que para algunos es una alusión al clásico antibelicista de los años cuarenta o una reflexión sobre la fragilidad del ego y las limitaciones
del conocimiento humano, para otros no será más que el
curioso relato de un adenoides gigante devorador de personas.
Pase y
elija la que más le guste.
Cualquiera sea la elección, el caso es que el caso «Pirate - Osmo» —como llegó a conocerse al enfrentamiento entre
el Prentice y el adenoides— es considerado por muchos como uno de los mejores y más representativos pasajes de la novela. Un Pynchon cien por cien. Cargado de ironía, rareza e ingenio.
Un melapelaabsolutamentetodo, en toda regla.