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miércoles, 26 de julio de 2017

Un hombre sin suerte (Samanta Schweblin)

Ya tenía pensado incluir alguno de los cuentos de Samanta Schweblin a mi selección de relatos capitales, y hoy, mientras investigaba un poco más acerca de la autora, he visto que página 12 tiene publicado uno de sus cuentos, "Un hombre sin suerte". Un cuento que, como comentaba en la entrada anterior, no sólo ganó el premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 2012, sino del que además se ha hecho una adaptación teatral en Argentina.  Así que he pensado que, mejor que hablar de él, es que lo leáis vosotros mismos. Espero que lo disfrutéis... 

4) "Un hombre sin suerte" 

(Samanta Schweblin);


EL DÍA QUE CUMPLÍ OCHO AÑOS, mi hermana —que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo— se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, tal vez por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi, se puso tan blanca como ella.

—Abi-mi-dios —eso fue todo lo que dijo mamá— Abi-mi-dios —y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.

La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso y finalmente tiró también el vaso a la pileta.

Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó enseguida, y todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.

Mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. La puerta de entrada, la reja y las puertas del coche quedaron abiertas. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el coche, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.

Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba «¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital!». Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato, milagrosamente conseguían dejamos pasar y un par de coches más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo había visto hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:

—Sacate la bombacha.

Tenía puesto mi jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas, aunque eso era algo en lo que yo no estaba pensando y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y ella gritó:

—¡Sacate la puta bombacha!

Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos. Bajó la ventanilla, volvió a tocar bocina y sacó afuera mi bombacha. La levantó bien alto mientras gritaba y seguía tocando, y toda la avenida se dio vuelta para mirarla. La bombacha era chica, pero también era muy blanca. Una cuadra más atrás una ambulancia encendió las sirenas, nos alcanzó rápidamente y nos escoltó. Papá siguió sacudiendo la bombacha hasta que llegamos al hospital.

Dejaron el coche junto a las ambulancias y se bajaron de inmediato. Sin esperamos, mamá corrió con Abi y entró en el hospital. Yo dudaba si debía o no bajarme: estaba sin bombacha y quería ver dónde la había dejado papá, pero no la encontré ni en los asientos delanteros ni en su mano, que ya cerraba desde afuera su puerta.

—Vamos, vamos —dijo papá.

Abrió mi puerta y me ayudó a bajar. Cerró el coche. Me dio unas palmadas en el hombro cuando entramos en el hall central. Mamá salió de una habitación del fondo y nos hizo una seña. Me alivió ver que volvía hablar, daba explicaciones a las enfermeras.

—Quedate acá —dijo papá, y me señaló unas sillas naranjas al otro lado del pasillo.

Me senté. Papá entró en el consultorio con mamá y yo esperé un buen rato. No sé cuánto, pero fue un buen rato. Junté las rodillas, bien pegadas, y pensé en todo lo que había pasado en tan pocos minutos y en la posibilidad de que alguno de los chicos del colegio hubiera visto el espectáculo de mi bombacha. Cuando me puse derecha el jumper se estiró y mi cola tocó parte del plástico de la silla. A veces la enfermera entraba o salía del consultorio y se escuchaba a mis padres discutir. Una vez que me estiré un poquito llegué a ver a Abi moverse inquieta en una de las camillas, y supe que, al menos ese día, no iba a morirse. Y todavía esperé un rato más. Entonces un hombre vino y se sentó al lado mío. No sé de dónde salió, no lo había visto antes.

—¿Qué tal? —preguntó.

Pensé en decir muy bien, que es lo que siempre contesta mamá si alguien le pregunta, aunque acabe de decir que la estamos volviendo loca.

—Bien —dije.
—¿Estás esperando a alguien?

Lo pensé. No estaba esperando a nadie o, al menos, no es lo que quería estar haciendo en ese momento. Así que negué y él dijo:

—¿Y por qué estás sentada en la sala de espera?

Entendí que era una gran contradicción. Él abrió un pequeño bolso que tenía sobre las rodillas. Revolvió un poco, sin apuro. Después sacó de una billetera un papelito rosado.

—Acá está, sabía que lo tenía en algún lado.

El papelito tenía el número 92.

—Vale por un helado, yo te invito —dijo.

Le dije que no. No hay que aceptar cosas de extraños.

—Pero es gratis, me lo gané.
—No.

Miré al frente y nos quedamos en silencio.

—Como quieras —dijo él, sin enojarse.

Sacó del bolso una revista y se puso a llenar un crucigrama. La puerta del consultorio volvió a abrirse y escuché a papá decir «no voy acceder a semejante estupidez». Me acuerdo porque ese es el punto final de papá para casi cualquier discusión, pero el hombre no pareció escucharlo.

—Es mi cumpleaños —dije.
«Es mi cumpleaños —repetí para mí misma—, ¿qué debería hacer?». Él dejó el lápiz marcando un casillero y me miró con sorpresa. Asentí sin mirarlo, consciente de tener otra vez su atención.

—Pero… —dijo y cerró la revista—, es que a veces me cuesta entender a las mujeres. Si es tu cumpleaños, ¿por qué estás en una sala de espera?

Era un hombre observador. Me enderecé otra vez en mi asiento y vi que, aun así, apenas le llegaba a los hombros. Él sonrió y yo me acomodé el pelo. Y entonces dije:

—No tengo bombacha.

No sé por qué lo dije. Es que era mi cumpleaños y yo estaba sin bombacha, y era algo en lo que no podía dejar de pensar. Él todavía estaba mirándome. Quizá se había asustado, u ofendido, y entendí que, aunque no era mi intención, había algo grosero en lo que acababa de decir.

—Pero es tu cumpleaños —dijo él.

Asentí.

—No es justo. Uno no puede andar sin bombacha el día de su cumpleaños.
—Ya sé —dije, y lo dije con mucha seguridad, porque acababa de descubrir la injusticia a la que todo el show de Abi me había llevado.

Él se quedó un momento sin decir nada. Luego miró hacia los ventanales que daban al estacionamiento.

—Yo sé dónde conseguir una bombacha —dijo.
—¿Dónde?
—Problema solucionado. —Guardó sus cosas y se incorporó.

Dudé en levantarme. Justamente por no tener bombacha, pero también porque no sabía si él estaba diciendo la verdad. Miró hacia la mesa de entrada y saludó con una mano a las asistentes.

—Ya mismo volvemos —dijo, y me señaló—. Es su cumpleaños. —Y yo pensé «por dios y la virgen María, que no diga nada de la bombacha», pero no lo dijo: abrió la puerta, me guiñó un ojo, y yo supe que podía confiar en él.

Salimos al estacionamiento. De pie yo apenas le pasaba de la cintura. El coche de papá seguía junto a las ambulancias, un policía le daba vueltas alrededor, molesto. Me quedé mirándolo y él nos vio alejarnos. El aire me envolvió las piernas y subió, acampanando mi jumper; tuve que caminar sosteniéndolo, con las piernas bien juntas.

Él se volvió para ver si lo seguía y me vio luchando con mi uniforme.

—Mejor vamos pegados a la pared.
—Quiero saber a dónde vamos.
—No te pongas quisquillosa, darling.

Cruzamos la avenida y entramos en un shopping. Era un shopping bastante feo, no creo que mamá lo conociera.

Caminamos hasta el fondo, hacia una gran tienda de ropa, una realmente gigante que tampoco creo que mamá conociera. Antes de entrar él dijo «no te pierdas» y me dio la mano, que era fría y muy suave. Saludó a las cajeras con el mismo gesto que les había hecho a las asistentes a la salida del hospital, pero no vi que nadie le respondiera.

Avanzamos entre los pasillos de ropa. Además de vestidos, pantalones y remeras, había ropa de trabajo: cascos, jardineros amarillos como los de los basureros, guardapolvos de señoras de limpieza, botas de plástico, y hasta algunas herramientas. Me pregunté si él compraría su ropa ahí y si usaría alguna de esas cosas y entonces también me pregunté cómo se llamaría.

—Es acá —dijo.

  Estábamos rodeados de mesadas de ropa interior masculina y femenina. Si estiraba la mano podía tocar un gran contenedor de bombachas gigantes, más grandes que las que yo podría haber visto alguna vez, y a solo tres pesos cada una. Con una de esas bombachas podían hacerse tres para alguien de mi tamaño.

—Esas no —dijo él—, acá. —Y me llevó un poco más allá, a una sección de bombachas más pequeñas—. Mirá todas las bombachas que hay… ¿Cuál será la elegida, my lady?

Miré un poco. Casi todas eran rosas o blancas. Señalé una blanca, una de las pocas que había sin moño.

—Esta —dije—. Pero no tengo para pagar. Se acercó un poco y me dijo al oído:
—Eso no hace falta.
—¿Sos el dueño?
—No. Es tu cumpleaños.

  Sonreí.

—Pero hay que buscar mejor. Estar seguros.
—Ok, darling —dije.
—No digas «Ok, darling» —dijo él—, que me pongo quisquilloso. —Y me imitó sosteniéndome la pollera en la playa de estacionamiento.

Me hizo reír. Y cuando terminó de hacerse el gracioso dejó frente a mí sus dos puños cerrados y así se quedó hasta que entendí y toqué el derecho. Lo abrió: estaba vacío.

—Todavía podés elegir el otro.

Toqué el otro. Tardé en entender que era una bombacha porque nunca había visto una negra. Y era para chicas, porque tenía corazones blancos, tan chiquitos que parecían lunares, y la cara de Kitty al frente, donde suele estar ese moño que ni a mamá ni a mí nos gusta.

—Hay que probarla —dijo.

Apoyé la bombacha en mi pecho. Él me dio otra vez la mano y fuimos hasta los probadores, que parecían estar vacíos. Nos asomamos. Él dijo que no sabía si podría entrar porque esos eran solo para mujeres. Que tendría que hacerlo sola. Era lógico porque, a menos que sea alguien muy conocido, no está bien que te vean en bombacha. Pero me daba miedo entrar sola al probador, entrar sola o algo peor: salir y no encontrar a nadie.

—¿Cómo te llamás? —pregunté.
—Eso no puedo decírtelo.
—¿Por qué?

Él se agachó. Así quedaba casi a mi altura, o por ahí yo unos centímetros más alta.

—Porque estoy ojeado.
—¿Ojeado? ¿Qué es estar ojeado?
—Una mujer que me odia dijo que la próxima vez que yo diga mi nombre me voy a morir.

Pensé que podía ser otra broma, pero lo dijo todo muy serio.

—Podrías escribírmelo.
—¿Escribirlo?
—Si lo escribieras no sería decirlo, sería escribirlo. Y si sé tu nombre puedo llamarte y no me daría tanto miedo entrar sola al probador.
—Pero no estamos seguros. ¿Y si para esa mujer escribir es también decir? ¿Si con decir ella se refirió a dar a entender, a informar mi nombre del modo que sea?
—¿Y cómo se enteraría?
—La gente no confía en mí y soy el hombre con menos suerte del mundo.
—Eso no es verdad, eso no hay manera de saberlo.
—Yo sé lo que te digo.

Miramos juntos la bombacha, en mis manos. Pensé en que mis padres podrían estar terminando.

—Pero es mi cumpleaños —dije.

Y quizá lo hice a propósito, así lo sentí en ese momento: los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces él me abrazó, fue un movimiento muy rápido, cruzó sus brazos sobre mi espalda y me apretó tan fuerte que la cara me quedó hundida en su pecho. Después me soltó, sacó su revista y su lápiz, escribió algo en el margen derecho de la tapa, lo arrancó y lo dobló tres veces antes de dármelo.

—No lo leas —dijo, se incorporó y me empujó suavemente hacia los cambiadores.

Dejé pasar cuatro vestidores vacíos, siguiendo el pasillo y, antes de juntar valor y meterme en el quinto, guardé el papel en el bolsillo de mi jumper, me volví para verlo y nos sonreímos.

Me probé la bombacha. Era perfecta. Me levanté el jumper para ver bien cómo me quedaba. Era tan, pero tan perfecta. Me quedaba increíblemente bien, papá nunca me la pediría para revolearla detrás de las ambulancias e incluso, si llegara a hacerlo, no me daría tanta vergüenza que mis compañeros la vieran. Mirá que bombacha tiene esta piba, pensarían, qué bombacha tan perfecta. Me di cuenta de que ya no podía sacármela. Y me di cuenta de algo más, y es que la prenda no tenía alarma. Tenía una pequeña marquita en el lugar donde suelen ir las alarmas, pero no tenía ninguna alarma. Me quedé un momento más mirándome al espejo, y después no aguanté más y saqué el papelito, lo abrí y lo leí.

Salí del probador y él no estaba donde nos habíamos despedido, pero sí un poco más allá, junto a los trajes de baño. Me miró, y cuando vio que no tenía la bombacha a la vista me guiñó un ojo y fui yo la que lo tomó de la mano. Esta vez me sostuvo más fuerte, a mí me pareció bien y caminamos hacia la salida. Confiaba en que él sabía lo que hacía. En que un hombre ojeado y con la peor suerte del mundo sabía cómo hacer esas cosas. Cruzamos la línea de cajas por la entrada principal. Uno de los guardias de seguridad nos miró acomodándose el cinto. Para él mi hombre sin nombre sería mi papá, y me sentí orgullosa. Pasamos los censores de la salida, hacia el shopping, y seguimos avanzando en silencio, todo el pasillo, hasta la avenida. Fue cuando vi a Abi, sola, en medio del estacionamiento. Y vi a mamá más cerca, de este lado de la avenida, mirando hacia las esquinas. Papá también venía hacia nosotros desde el estacionamiento. Seguía a paso rápido al policía que antes miraba su coche y en cambio ahora nos señalaba. Pasó todo muy rápido. Papá nos vio, gritó mi nombre y unos segundos después el policía y dos más que no sé de dónde salieron ya estaban sobre nosotros. Él me soltó, pero dejé unos segundos mi mano suspendida hacia él. Lo rodearon y lo empujaron de mala manera. Le preguntaron qué estaba haciendo, le preguntaron su nombre, pero él no respondió. Mamá me abrazó y me revisó de arriba abajo. Tenía mi bombacha blanca enganchada en la mano derecha. Entonces, tanteándome, notó que llevaba otra bombacha. Me levantó el jumper en un solo movimiento: fue algo tan brusco y grosero, delante de todos, que yo tuve que dar unos pasos hacia atrás para no caerme. Él me miro, yo lo miré Cuando mamá vio la bombacha negra gritó «hijo de puta, hijo de puta», y papá se tiró sobre él y trató de pegarle. Los guardias intentaron separarlos. Yo busqué el papel en mi jumper, me lo puse en la boca y, mientras me lo tragaba, repetí en silencio su nombre, varias veces, para no olvidármelo nunca.





lunes, 24 de julio de 2017

Siete casas vacías, 2015 (Samanta Schweblin)

He leído el último libro de cuentos de Samanta Schweblin.  

Para quien no lo sepa Samanta Schweblin es una escritora argentina nacida en 1978 y digna merecedora del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero (2015). "Siete casas vacías" es el resultado del análisis profundo y preciso que Schweblin hace de una realidad que, aunque cotidiana, siempre esconde rincones oscuros.


Por un ejercicio de sanidad mental nos resistimos a observar el lado oscuro de las cosas, nos alejamos de lo que nos atemoriza y nos inquieta. Pero en sus cuentos, Samanta Schweblin se esfuerza por traernos de vuelta. Y lo consigue. A través de pequeños gestos, de ligeros cambios (en el orden de las cosas, en la luz que reflejan los objetos, en la vibración de ciertos sonidos), la autora nos enfrenta a lo enrarecido y lo inquietante, al lado B de una realidad siempre difícil. Porque Schweblin habla de cosas difíciles, de lo que nos define llegada una cierta edad; la enfermedad, la muerte, el temor a lo incomprensible, a lo desconocido, a lo potencialmente peligroso. Nos habla de cómo empaquetamos y procesamos el temor, de cómo lo ignoramos y de cómo, de pronto, este nos explota en la cara. No escatima en detalles, no dramatiza, sólo nos muestra lo que hay debajo con la naturalidad de un susurro muy similar al de nuestra propia consciencia. 

martes, 27 de junio de 2017

Arco iris de gravedad (parte 12)

Páginas 132-137

Parte doce "reseña-resumen" de          "El arco iris de gravedad" de    Thomas Pynchon...



Si es de los lectores que se ha pasado las cien primeras páginas preguntándose el por qué de las erecciones de Slothrop, esta sección le va a gustar. O no. Todo dependerá de si ha recibido alguna formación científica o de si es o no asiduo a la literatura de Pynchon. Si ese es el caso, estará de acuerdo con el doctor Lazlo Jamf (el responsable de inducir en Slothrop el reflejo pavloviano cuando éste sólo era un bebé), en que una erección era la alternativa más sencilla, más fiable, y sobre todo, más barata de condicionamiento aplicado a un ser humano de corta edad. Si ese no es el caso y usted jamás ha asistido a una clase de ciencias o no tiene por costumbre leer novelas de Pynchon, tendrá que comérselo con patatas. Pero no se desanime, si ha llegado a la página cien ya sabe que las patatas de Pynchon son de lo más divertido. 

Así es, al fin llega lo que todos habían estado esperando (o igual no todos, que en los universos pynchonianos se congrega toda clase de seres y de lectores, desde los que esperan la explicación de lo inexplicable, hasta los que siguen la lectura con filosofía zen y ánimo festivo). En todo caso, y sobre todo cuando se es nuevo en the Pynchon zone, el lector se lo pregunta; ¿por qué una erección? ¿tiene algún sentido o es sólo otra más de las ocurrencias pynchonianas? Y la respuesta es sí y no. Es un elemento del absurdo como el adeniodes, como la vistación blanca, como la lectura del pensamiento, como... pero como todo lo demás, también tiene su lógica y su peso en el universo de la novela. 

Y la explicación sería más o menos esta; Jamf es un científico, un científico que iba corto de fondos y en ciencia eso significa tener que sacarse muchos ases de la manga. Para Jamf recién llegado a Harvard desde Darmstad, medir las secreciones del bebé Slothrop al estilo Pavlov hubiese significado cirugía, medir el miedo al estilo de Watson habría significado un exceso de subjetividad. Una erección en cambio es algo muy sencillo; no necesita de sofisticados instrumentos de medida, no necesita ser explicada, no depende de la subjetividad, se produce o no dependiendo de un estímulo. Básicamente, las erecciones de Slothrop solucionaron los problemas de financiación y aplicabilidad de Jamf. Y eso es todo.

En realidad, lo más interesante es lo que viene después. "Con arreglo a la tradición" una vez inducido el reflejo condicionado en un individuo, éste debe ser extinguido. Es decir, que antes de devolver al bebé Slothrop al mundo, su respuesta condicionada debió de ser debidamente inhibida. Pero ¿hizo esto Lamf?, ¿se aseguró de que la inhibición del reflejo seguiría siendo efectiva más allá del punto de reducción a cero? ¿o sólo lo hizo hasta cero?, "¿puede sobrevivir en el hombre un reflejo condicionado, latente, durante veinte o treinta años?Para Pointsman, para Mexico y hasta para la propia Jessica la respuesta a estas preguntas parece crucial.

Recordemos el mapa de Slothrop, ese que va llenando con estrellas que representan sus conquistas londineneses. Según los análisis de Mexico, el plazo medio de llegada de un cohete a los sitios donde Slothrop ha estado con las chicas es de cuatro días y medio. Según Pointsman es fácil comprobar la permanencia del reflejo condicionado de Slothrop con las V-1; 

"V-1/erección"

Pero con las V-2 la secuencia parece ser exactamente en la contraria; 

"erección/V-2". 

¿Y si Slothrop, sin siquiera saberlo, hiciese caer las bombas V-2 donde caen?



domingo, 12 de marzo de 2017

Platón y Pókemon (Traducción, Jordi Ribas)

Aunque la locura por el videojuego Pókemon GO ha ido desvaneciéndose en los últimos meses  (o al menos eso es lo que parece estar ocurriendo en reductos de la realidad más fiables que la casa de campo en la que habito), he seleccionado este artículo del blog de Jordi Ribas para traducirlo. 

Jamás vi a nadie en las calles de mi pueblo buscando a ningún Pókemon perdido, y, aunque por una parte eso sea de agradecer, me he quedado sin ver el espectáculo de oleadas de gente recorriendo las calles con los ojos pegados al móvil. Me ha tocado vivir en lugares donde el tiempo no pasa. Ha sido así desde que nací; estar donde no pasa nada. En  mi pueblo la gente mira al frente cuando camina. En mi pueblo la gente me mira y se ríe de mí; tratan de esquivar mi monopatín. Por eso lo del Pókemon GO a mí me pasó por encima o por el lado...Por eso creo que quien mejor puede contarme la historia es Jordi...


Retrocedamos dos mil quinientos años sin abandonar el Mediterráneo. Justo cuando el filósofo griego Platón ingenia el Mito de la caverna. En esta alegoría, hay un grupo de individuos que han vivido encadenados desde siempre dentro de una gruta, de cara a la pared. Como no conocen ningún otro escenario que no sea el de la cueva, creen que las siluetas de los cuerpos que se proyectan al pasar frente al fuego, son la fiel materialización del mundo exterior. Las sombras en la pared resultan el único medio de conocimiento para los prisioneros. La metáfora platónica nos alerta sobre el peligro que, hace veinticinco siglos, suponía caer en la trampa de confundir los reflejos erráticos de la realidad con la realidad misma.

En la época actual, el mito de la caverna se reproduce en cada pantalla que miramos. Para los más jóvenes, y no tan jóvenes, el progreso social se mide por la cantidad de dispositivos electrónicos que se poseen. La pared tenebrosa de la cueva de Platón ha sido sustituida hoy por las paredes luminosas de portátiles, tablets y teléfonos inteligentes. El desajuste interpretativo es similar al de los prisioneros de la gruta. Nos hipnotizan imágenes virtuales que a menudo muestran bastante más que el mundo que, hasta no hace muchas décadas, considerábamos como verdadera: el mundo de la observación y de la experiencia directa, sin filtros ni distancias. Aquel mundo vivido en carne y huesos. Guste o no, la tecnología ha conquistado los espacios privados y públicos. El siguiente paso en esta conquista tan absoluta lo ha hecho la empresa Nintendo al distribuir Pokémon GO, un videojuego para smartphones donde las fantasías animadas de la virtualidad se mezclan con territorios físicos reales.



Se define Pokémon GO como un videojuego de aventuras, pionero en realidad aumentada. Su funcionamiento es casi infantil, con la innovación de que se interactúa al aire libre, lejos del confort doméstico. El objetivo lúdico consiste en localizar a los monstruos de la saga Pokémon (creada a los años 90), capturarlos y adiestrarlos para combatir. El juego se descarga al móvil mediante una aplicación. Gracias al GPS del aparato, la APP emite una alarma cuando hay tomas en la zona. Un golpe activa la cámara, se inicia la cacería. El safari y las luchas con los enemigos se desarrollan en paisajes urbanos verídicos. Los jugadores pueden complementar el equipamiento con un dispositivo bluetooth, transportable como pulsera, que detecta incidencias y novedades aunque el smartphone esté en reposo.

El éxito de Pokémon Go ha sorprendido todo el mundo. Desde el lanzamiento del videojuego, Nintendo duplica su valor en bolsa y, en horas de máximo colapso, juegan hasta sesenta y cinco millones de personas. Ejércitos de adictos corren como enloquecidos por las calles y plazas detrás de muñecos de estampa más bien dudosa. ¿Porqué gana conversos este juego friqui? Algunos sociólogos lo atribuyen a la gradual puerilización de la sociedad. Comportarse como un niño presenta ventajas y una de ellas es suprimir los criterios adultos. Sin uso de razón, la responsabilidad se mitiga. Las nuevas tecnologías transforman las costumbres de la gente. Y estos cambios no siempre se saludan con idéntico entusiasmo. Para muestra, los dibujos de Marco Melgrati, un ilustrador milanés de 1984, que retrata las miserias y contradicciones de la era digital.



Magreti plasma con ironía la paradoja de la incomunicación en un presente de usuarios multiconectados. Nada se salva. Incluso los ritos afectivos de pareja se modifican. En Through love, dos amantes se abrazan sin dejar de mirar el móvil. Muy unidos pero separados. Cada cual en su burbuja de aislamiento. Por no querer perderse nada de lo que pasa, desaprovechan el instante romántico, que no volverá. El ilustrador ve las redes sociales como un confesionario sin secretos, como un culto impúdico al exhibicionismo. Esto se patentiza en Social media confesions, donde se insinúa que entrar a Facebook es como asistir a la iglesia. Una cuestión de fe con oraciones contemporáneas: las fotos y los mensajes que los internautas comparten.



Formado en la Accademia di Belle Arti di Brera di Milano, Marco Magreti critica las disfunciones de la modernidad sin degenerar en la tecnofóbia. Emplea referentes literarios y artísticos para resolver el simbolismo de las imágenes. El cuento de El flautista de Hamelín tematiza la representación de Opinion leaders and influencers social media. La flauta del músico no atrae ratones, como era de imaginar, sino los múltiples pulgares arriba del “me gusta”. Los sentimientos se reducen a pulsar un botón. El dibujo parece explícito. Los personajes de internet embrujan a los seguidores con la melodía irresistible de la fama. El destino último de los fans, como el de las ratas del cuento, es sucumbir ahogados en las aguas frívolas de las apariencias.



¿Cómo posicionarse ante unas circunstancias tan crudas? En It’s time to quit your job, el ilustrador italiano nos incita a dimitir de los trabajos grises. A fugarnos de la colmena embrutecedora de la productividad, donde las abejas obreras se transforman en trabajadores sentados frente a mesas con ordenadores. Para Magreti, la felicidad laboral y personal no se encuentran en la multitud. Un solitario de belleza melancólica busca su reflejo en un smartphone. La idea compositiva de Social media narcissim es una versión cuidadosa de Narciso de Caravaggio. Las figuras de las dos obras coinciden en el gesto y en la actitud, con la salvedad de que la fuente mitológica del cuadro clásico aparece ahora en forma de pantalla inmensa. ¿Nos reconoceremos los narcisos del siglo XXI en los espejos tecnológicos del tercer milenio? Cómo afirma un diálogo del film One, Two, Three de Billy Wilder, la situación es desesperada, pero no grave.

Jordi Ribas.


miércoles, 1 de marzo de 2017

Diario (parte 1) "Epic Fail"

Me han diagnosticado depresión.

Mi psiquiatra me ha recomendado escribir un diario. Así que me pongo a escribir el diario, algo que dice bastante acerca de la clase de depresivo que soy, o de la clase de depresivo en que pretendo llegar a convertirme.

Hace tiempo que abandoné la Moleskine; por cara, por moderna, por su papel de mala calidad, por su omnipresencia, por sus mostradores repletos de Moleskines con cada chorrada que se pone de moda. 

Soy un depresivo mosqueado y sin teléfono móvil.

Las libretas que uso ahora tampoco son baratas, pero de tanto en tanto las ponen en oferta, así que de tanto en tanto las compraré para seguir el consejo de mi psiquiatra y "desentrañar los misterios de mi monstruo".

Y lo primero que escribo en la libreta de mi depresión, es que detesto los anglicismos. Detesto los "epic fail". Los detesto tanto que pongo "epic fail" en el buscador de youtube y abro lo primero que aparece. Y lo primero que aparece es el "epic fail" de la entrega de los Oscar de este año. 



Le han dado el Oscar a la peor mejor película; La La Land.
La gente aplaude.
Algunos lloran.
Las respectivas esposas están emocionadas. 

El productor de La La Land, Jordan Horowitz, recibe la estatuilla e inicia su discurso. Agradece a la academia, menciona gente que no conozco. 

De pronto alguien corre por detrás del escenario. 
Alguien se acerca a Jordan.
Jordan pone mala cara.
Jordan pone muy mala cara. 
Jordan resopla. 

Marc E. Platt, el otro productor, también agradece. Habla de esfuerzo, de entusiasmo, creo que dice algo de luchar contra la adversidad. Mueve la estatuilla con energía. Entonces, en medio del discurso de Platt, el grupo comienza a disgregarse. Algunos abandonan el escenario.
Ryan Gosling deja de mover el brazo como si le hubiese ganado un punto de torneo a Rafa Nadal. 

Horowitz anuncia que ha habido un error y que "Moonlight" es la ganadora. 

Yo me río. 
Pero no me río de esta gente ni de esta situación. Me río porque me doy cuenta de que, en el improbable caso de que yo hubiese dedicado mi vida a producir películas, y, en el todavía más improbable caso de que mis películas hubiesen competido por un Oscar, yo habría ganado un Oscar. Yo habría ganado un Oscar y todo habría ocurrido exactamente así. Porque yo a veces también gano, pero jamás sin una gota de dolor, ridículo o desesperación. 

Yo sería el productor de "Moonlight", así que me tocaría subir al escenario y coger mi Oscar usado de las manos de Jordan Horowitz y en ese momento diría algo como un "muchas gracias" descolocado y breve. Diría "muchas gracias" aunque por dentro estaría pensando; "¿y a mí quien coño me ha mandado a meterme aquí?"

Al otro día vería la foto de Jordan Horowitz sosteniendo mi Oscar en todos los periódicos, mientras busco las aspirinas y juro mudarme a Ámsterdam lo antes posible. Mudarme a Ámsterdam; a vivir de incógnito, a intentar fumar maría sin que me duela la cabeza o me baje la presión. A comer pastel de manzana. 

Se me dan fatal esta clase de cosas, la suerte y el éxito se me dan mal. Se me da fatal hacerme millonario y conocido por cualquier medio o por cualquier razón (de hecho, ruego no llegar a hacerme famoso por ciertas razones). 

Me voy a dormir.
Me quedo con las nuevas libretas.
Renuncio al Oscar. 

lunes, 13 de febrero de 2017

El arco iris de gravedad (Parte 11)

Páginas 115-131

Parte 11 "reseña-resumen" de            "El arco iris de gravedad" de      Thomas Pynchon...



Las páginas entre la 115 y la 131 son, hasta ahora, las que mejor explican el mecanismo administrativo de la guerra; una visión/versión que por supuesto es novelística y que (sobre todo) es pynchoniana, pero que muy probablemente se acerca mucho a la realidad realidad. 

Aparecen nuevos personajes, inician y acaban nuevas historias y empezamos a darnos cuenta de una de las técnicas que usa el narrador para informarnos de las cosas; a veces un detalle minúsculo mencionado de forma casual páginas antes aparece después para ayudarnos a entender algún vericueto de la historia. Es entonces cuando algo hace "Clic", y en este pasaje y en el anterior, todo es una sucesión de clic intermitentes. 

Hasta ahora lo único que sabíamos de "La Visitación Blanca" ("White visitation") era que congregaba agentes con dones o características especiales; ahora sabemos que se trata de un antiguo manicomio abandonado, la base de operaciones del SOE y de otras divisiones de paranormales. Un lugar en el que deambula toda una fauna de los más estrafalarios personajes; paranormales, estadísticos, pavlovianos, actores de vodevil; un lugar del que se nos cuenta la breve (y también irónica y también triste) historia, de un tal Reg Le Froyd en la página 116. 

La Visitación está a cargo del brigadier Ernest Pudding, un ex veterano que solicita su regreso a filas ante la imposibilidad de concretar su gran proyecto. Cuando lo hizo, jamás pensó que su destino sería "La Visitación Blanca", de haberlo sabido, muy probablemente se habría olvidado del tema... 

Cerca de la casa manicomio, en el acantilado, después de la caída de París, Myron Grunton (de la BBC) transmite desde su estación de radio, primero solo destilando inspirados mensajes nocturnos para los oyentes británicos, pero luego apoyado por la SHAEF y un cantidad ingente de dinero e información; nace así la Operación Ala Negra, la acción desmoralizadora en contra del enemigo. Ahora los hereros (esa antigua tribu africana de la que no queda casi nada) están activos en el programa de armas secretas; el Schwarzkommando  ("Comando negro") al interior de las líneas enemigas. 

La acción sigue los pasos de Edward W.A. Pointsman y de otros que como él se sienten ciudadanos del Estado de la guerra, es ella la razón de ser de todo lo demás. Para ellos, el desembarco, el fin de la guerra, no es más que una amenaza.


"El desembarco de Normandía inició para Pointsman una abrumadora temporada de desesperación [...]. Que esta guerra, este Estado, del que  había  llegado  a  sentirse  ciudadano,  sería  suprimida, transformada  en  paz…  y  que,  profesionalmente  hablando,  él  no obtendría casi nada de este. [...] ¿en qué nuevo plan  podría  encajar  Pointsman?"

Y por si fuera poco, en pleno invierno, en el manicomio, sufren de una desesperada falta de fondos. Los demás se las arreglan, pero Ned, Ned Pointsman siempre necesita de más dinero para sacar adelante sus proyectos y su perros. Todos esperan que el brigadier Pudding pueda conseguir una gotitas más de ese grifo que se cierra. 

Se desgranan aquí sólo algunas de las organizaciones, programas, cargos y mandos que coordinan y administran el presupuesto de la guerra; qué alimenta a quién, cómo y por cuánto tiempo. La guerra es una maraña bien nutrida gracias a la que sobreviven cientos, miles de personas, personajes que sólo tienen un lugar en ese estado caótico de las cosas, y muy probablemente, en ningún otro sitio. 

"¿Quién es capaz de encontrar su camino en este complicado laberinto de siglas, flechas de puntos y de una línea continua, cajas grandes  y  pequeñas,  nombres  impresos  y  memorizados?"

Descubrimos además hasta qué punto llegan sus raíces, qué secretos se conocen, cómo son utilizados, cómo se consiguen. Con referencias que van entre la historia real del siglo XX, guiños a la cultura pop de los años cuarenta y una muy fértil imaginación, el narrador va mostrando, nada, un poquito, del complejo mecanismo que da vida a la guerra. 

Aparecen además otros personajes, como el doctor Ròzsavölgyi, muy preocupado del estado de la posguerra, muy preocupado porque PISCES no caiga bajo el peso del "martillo", como en pública subasta". En una reunión a la que asisten Pudding, Pointsman, Ròzsavölgyi y otros miembros de La Visitación, se decide aplicar una nueva clase de prueba proyectiva a Tyrone Slothrop...

"El centinela, oscura figura con cincha
blanca, se cuadra frente a tus faros enmascarados, y debes hacer
alto. Los perros, mecanizados y mortíferos, te observan desde su
prisión de troncos. Luego, a medida que se acerca el crepúsculo,
comienzan a caer algunos amargos copos de nieve"



miércoles, 8 de febrero de 2017

El arco iris de gravedad (Parte 10)

Páginas 113-115

Parte 10 "reseña-resumen" de             "El arco iris de gravedad" de         Thomas Pynchon...



¿Recordáis el breve encuentro entre Geoffrey Pirate Prentice y Tyrone Slothrop? Ambos llegan al lugar en que un cohete (¿alemán?) ha estallado antes de tocar la tierra. El sitio está fuertemente custodiado. Lo único que ha logrado sobrevivir es un misterioso cilindro en cuyo interior podría haber alguna clase de documento, una hipótesis que Slothrop no puede comprobar porque Pirate coge el cilindro y se marcha. Habrán de pasar muchas páginas y muchas cosas antes de que se descubra su contenido…


En un folleto publicitario redactado el 1934 por el doctor Laszlo Jamf (un personaje que, hasta ahora, sólo aparece mencionado), se describe el curioso funcionamiento del “Kryptosam”, el nombre comercial de la tirosina estabilizada; cuando el  “Kryptosam” se mezcla con cierto componente (todavía no identificado) del líquido seminal, tiene la capacidad de transformar lo invisible en visible; una reacción muy oportuna cuando se trata de hacer llegar mensajes cifrados a un agente del SOE…Al interior del cilindro recuperado por Pirate, la ilustración erótica de una mujer (una mujer con un cierto parecido a Scorpia Mossmoon) provoca en el capitán una violenta eyaculación, por suerte Pirate no desperdicia todo el líquido, parte de él va a parar sobre el mensaje. Aparecen entonces, entre la película blanquecina de su semen, “una fecha, un lugar, una petición de ayuda”. Pirate se lava las manos, quema el mensaje (conserva la ilustración) y se prepara para entrar en acción. 


domingo, 5 de febrero de 2017

Diccionario de personajes de "El arco iris de gravedad" (parte 2)

Personajes: primarios, secundarios, terciarios y todas las variaciones posibles, que aparecen en "El arco iris de gravedad"...(Parte 2)



El viejo amor de Pirate Prentice. Una muchacha delgada y majestuosa demasiado casada como para que esa historia pudiera salir bien. La conoce un invierno de 1936 cuando Pirate decidía si volver o no a la vida militar...

"—Tú eres un pirata —murmuró ella el último día (ninguno de los dos sabía que era el último día)—. Llegaste y me llevaste a tu buque pirata. Una muchacha de buena familia con las represiones
que  eso  comporta.  Me  has  violado.  Soy  la  Puta  Roja  de  los Mares…"

El asunto se resuelve de la forma más espectacular...Luego de eso, Prentice decide volver a filas.

Tyrone Slothrop
Uno de los personajes más conocidos y representativos de esta novela, aparece por primera vez mencionado en la página 35. Aunque no es precisamente un paranormal, Slothrop posee una curiosa capacidad; experimenta una erección ante la inminente caída de un cohete enemigo V-2. Un reflejo pavloviano no muy elegante, es cierto, pero sí muy útil a la hora de advertir la cercanía y de evitar el desastre provocado por las bombas. Debe esta capacidad a la intervención experimental del profesor Laszlo Jamf, un pavloviano que trabaja al servicio de los nazis. Dice de Jamf la contraportada de la novela;

"Laszlo inventó el impolex G, un nuevo aislante para cohetes, y condicionó las partes pudendas de Tyrone para que respondieran a la presencia de ese nuevo material»

Ahora el teniente Slothrop es el encargado de informar a la ACHTUNG de los efectos producidos por la caída de las bombas-cohete nazis. Desde su llegada a Londres, Slothrop mata el tiempo con un sinnúmero de chicas a las que casi nunca vuelve a ver después de la primera cita. En un mapa detrás de su escritorio, Slothrop va describiendo el derrotero de sus conquistas; un color y una grapa para cada chica. Este pasatiempo, inocente para algunos, llama la atención de algunos de los integrantes de la Visitación Blanca, las bombas V-2 tienen la costumbre de caer muy cerca de los lugares señalados por las grapas...Además, Slothrop es, para la mayoría de los pavlovianos, un auténtico misterio; ¿Qué percibe realmente Slothrop se preguntan Pointsman y Spectro durante una de sus conversaciones nocturnas la cercanía del impolex G o algo impreciso que está en el aire de la guerra?

La imagen adjunta, diseñada por quien suscribe, es una muestra de lo que suelo hacer en mi tiempo libre...






Nalline Slothrop
Madre del teniente Slothrop, se le menciona en una única frase en la página 35, durante la descripción del caos que reina sobre el escritorio del teniente Slothrop. Al parecer, la mujer reside en Massachusetts, desde donde envía a su hijo pastillas para la tos de la marca Thayers Original Slippery Elm Lozenges, las mismas que se pueden conseguir aquí, por la módica suma de $12, 50 (gatos de envío no incluidos).





Jessica Swanlake  
Traducido al castellano su nombre sería algo así como "Jessica lago de los cisnes", aparece por primera vez en la página 54. Jessica es una joven y bella integrante de la ATS (Servicio Auxiliar Territorial, organización aliada) que mantiene una aventura con el estadístico, y también aliado, Roger Mexico. Aunque Jessica tiene novio ("un tal Beaver") resiste a la guerra en compañía del valiente Mexico; le espera luego de sus incursiones con el capitán Prentice, le sigue a la caza de perros vagos para los experimentos palvlovianos del doctor Pointsman, cuando es posible, se refugia con él en una casa abandonada dentro de la zona prohibida, donde recrean la ilusión del amor de los tiempos de paz. La naturaleza de la relación entre Jessica y Mexico, queda resumida así en las palabras de la propia Jessica;


"Debo de haber perdido la cabeza —dice Jessica—, En este momento,  tendría  que estar  abrazándome  con  Beaver,  viéndole encender su pipa, y heme aquí, en cambio, con este aprendiz de cazador  o  algo parecido,  este  espiritista,  este  experto en estadísticas o lo que demonios seas…"

Roger Mexico  
Se le menciona por primera vez en la página 55. Aunque Mexico es integrante de la Visitación blanca no es un paranormal, es un estadístico encargado de construir un vocabulario de curvas a partir de lo que dicta la ouija durante las sesiones de espiritismo...Además, Roger predice la frecuencia en que caen las bombas sobre el mapa de Londres, no es precognición, es la simple aplicación de la ecuación de Poisson. Aún así, a los ojos de algunos de los integrantes de la Visitación blanca, Roger se parece cada vez más a un profeta;


"Los cohetes se distribuyen en Londres tal como predice en los libros la ecuación de Poisson. A medida que los datos llegan, más se parece Roger a un profeta. Los del Departamento Psi  se  quedan  mirándolo  cuando  pasa  por  los  corredores.  Le gustaría poner un anuncio o algo parecido en la cafetería para dar a conocer  que  no  se  trata  de  precognición…  ¿Acaso  he  fingido alguna  vez  ser  lo  que  no  soy?  Todo  cuanto  hago  es aplicar  los números a una ecuación muy conocida; podéis buscarla en el el libro y hacerlo vosotros mismos"

La relación profesional que mantiene con Pointsman es tirante y está llena de suspicacias, Mexico no consigue sentirse cómodo en la visitación, cómodo a los ojos de Jessica, siempre temeroso de que ella le abandone y acabe por irse con Beaver. En la imagen adjunta, una representación de Roger Mexico del artista gráfico Zak Smith

Milton Gloaming 
Amigo de Roger Mexico y al igual que este, estadístico y colaborador de la Visitación Blanca, ambos trabajan en la creación del vocabulario de curvas a partir de las sesiones de espiritismo.

Edward W.A. Pointsman 
Miembro  del  Real  Colegio  de  Cirujanos, viviseccionista y pavloviano, trabaja a las órdenes de la Visitación Blanca. Su tarea consiste en experimentar con seres vivos (principalmente perros), a los que mutila en busca de efectos y reacciones. Tiene como ayudante a Roger Mexico quien, entre otras cosas, es el encargado de capturar a los animales. Pointsman tiene además un perverso interés; los niños. Sus inclinaciones pedófilas han sido terreno fértil para numerosos artículos de los entendidos en la obra Pynchoniana. 


"¡Cómo codicia Pointsman a estos hermosos niños! Los grises calzoncillos de él están a punto de estallar por la necesidad terrena, nada espiritual, de hacer uso de su inocencia, de escribir sobre ellos nuevas  palabras  emanadas  de  sus  propios  sueños  pardos  de  la Realpolitik, de alguna próstata psíquica, siempre doliente de amor prometido, insinuado, pero hasta ahora… ¡Cuán seductoramente yacen,  ordenados  en  sus  camas  de  hierro,  en  sus  sábanas virginales…! ¡Cuán hermosos e ingenuamente eróticos…!" (página 83)


...Y bueno, esto por ahora...