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martes, 27 de diciembre de 2016

Un día como hoy, Pynchon

En un día como hoy (aunque no en el sentido estricto en que suele utilizarse la frase "en un día como hoy"), decidí iniciar la lectura y la reseña página a página de una novela en principio inabarcable. Y, una intervención quirúrgica, varios empeños por reinventar mi trabajo y dos intentos fallidos con fósiles de mi pasado después, me he dado cuenta de que casi lo único que sobrevive de ese pasado reciente, es el hecho de que sigo leyendo a Pynchon. Y anoche, a las 03:45 de la mañana, cuando cerraba la novela en la página 432, he decidido que ya es hora de volver a la reseña y a la vida.


Para re-empezar, os dejo una selección de las portadas del "El arco iris de gravedad" en diversos idiomas y de diversos países. Por quedarme, me quedo con la rusa...















































jueves, 29 de septiembre de 2016

Al final los cerebros











Al final los cerebros funcionan con cosas sencillas.
Los cerebros se agarran de cualquier cosa con tal de sobrevivir.
Se sienten contentos con unos pocos puntos de referencia,
con unas banderas pegadas a los extremos de unos folios que sea adornaron un día en que había más tiempo disponible.
Banderas de UK que ponen "París" justo debajo.
Eso es todo lo que necesita mi cerebro para salvarse del naufragio;
una bandera y el nombre de una ciudad que no se corresponden,
fabricados en alguna ciudad del norte de China.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Reseña; Nocturno de Chile (Roberto Bolaño)

Novela corta que lo abarca todo; recuerdos, angustia, terror, dolor. Un halcón perdiéndose en los cielos de Burgos. Una culpa envejecida que nos observa desde un rincón con la fría mirada de un espectro de los sueños.

Nocturno de Chile (2009) narra la historia y todas las historias del sacerdote chileno, poeta y crítico literario Sebastián Urrutia Lacroix, durante la que él presume la última noche de su vida. Agobiado por la fiebre repasa sus momentos más importantes; sus primeros años como sacerdote, su iniciación en el acomodado y acomodaticio mundo de las letras chilenas, las oscuras circunstancias en las que conoce a los personajes que definieron un tiempo de la historia de América Latina. Un tiempo que se proyecta en el tiempo y que parece, hoy, más vigente que nunca. 

Pero Urrutia Lacroix es un espectador pobre y asustado, un hombre agobiado por las pesadillas, un hombre que intenta perdonar y perdonarse ese elemento tan común en la iconografía de toda masacre; la amnesia justificada. Pero ya se sabe, la culpa viaja a la velocidad de la luz, la culpa tiene el fulgor de un flash disparado por sorpresa en medio de una noche desértica y fría. El resplandor que percibe Urrutia Lacroix en esa noche delirante no es la luz de la redención ni de la llamada hacia las alturas, no es el indulto largamente esperado. Dios le ha dejado solo. Dios ha desaparecido dejando a cambio esa otra luz que recorta los hechos con un brillo macabro.

El brillo ilumina la tarde en que Urrutia Lacroix conoce a Farewell, el crítico literario más importante del país. Un personaje que no es un hombre sino la suma de muchos hombres que escenifican los particulares mecanismos de la fe en tiempos convulsos; la clase cultural y eclesiástica dirigente (e inocente) en los tiempos de la dictadura chilena, la misma cuyos herederos se transformarían más tarde en la clase cultural y eclesiástica desmemoriada (y por supuesto también inocente) en los tiempos de la democracia chilena. 


miércoles, 15 de junio de 2016

El tratado de los maniquíes, Bruno Schulz

Mucha, una gran parte, de la obra de Bruno Schulz se ha perdido. En cajas que repartió entre sus conocidos fuera del gueto de Drohobycz donde pasó sus últimos días, había decenas de dibujos, esbozos hechos a lápiz, borradores, notas de futuros relatos; el original de El Mesías, el texto en que trabajaba por esos días y que, probablemente, ya se encontraba acabado. Fue asesinado por un ajuste personal de cuentas entre dos oficiales de las SS poco antes de que consiguiera escapar del gueto con ayuda de algunos amigos.

La obra y la propia figura de Bruno Schulz se han convertido en leyenda. Si hay quienes sostienen que la literatura es un puente para conocer mundos nuevos, la literatura de Schulz sería una ventana a la observación de nuestra propia realidad trastocada; por el ímpetu del desarrollo industrial, por la sociedad de consumo, por la velocidad, la erotización y el deseo. Si Kafka metamorfosea a Gregor Samsa en escarabajo, Bruno Schulz involuciona a sus personajes a maniquíes o figuras de cera; hombres prisioneros, objetos que, aún representando la vida, son lo menos vivo que se pueda imaginar. 

En El tratado de los maniquíes Schulz vuelve a incursionar en los temas centrales de su obra creativa; las reminiscencias de un pueblo (Drohobycz) antes y después de la llegada del progreso industrial; la derrota del padre como metáfora de la pérdida de lo tradicional; el triunfo del poder femenino como representación del progreso y la sociedad de consumo; y el maniquí como resultado de las fuerzas que transfiguran y pervierten el derrotero de los hombres.


viernes, 3 de junio de 2016

El hombre decodificador

Cada lectura, en cada persona, produce una huella cerebral que es suya y sólo suya, y mientras en algún lugar del mundo un grupo de científicos estudia el caprichoso intermitente que enciende y apaga a las neuronas, una compañía de actores trashumantes lleva a los vecinos el inusitado espectáculo del sonido interior.

Un actor (un decodificador involuntario, un hombre con un don), lee en silencio en medio del escenario. El decorado es mínimo, el ambiente, sencillo. El público escucha. Unos le estudian, otros permanecen con los ojos cerrados. Los que le observan son testigos del ejercicio muscular, de la energía que produce trabajo; los ojos que avanzan, las pupilas que tiemblan, una ceja que se arquea. Es un espectáculo bello después de todo; el movimiento del cuerpo traduciendo la activación interna de los sentidos.

El decodificador lee. El voluptuoso pulso el mapa de nubes rojas y azules en el entramado acuático de la memoria se proyecta, sin interferencias, hacia dentro.

El tiempo parece detenerse. Conectado al corazón (según algunos, el verdadero motor que mueve todas las cosas), el proyector de realidades logrará encender fugazmente el aura oscura de la sala.

Habrá quienes se enamoren irremediablemente de aquel hombre. Habrá quienes confundan la explosión no programada de las cosas con las furiosas detonaciones del amor.

Al final los actores habrán de marchar. Abandonarán el pueblo dejando un espacio vacío, una cicatriz donde su paso usurpó el terreno en el que pacían las vacas, donde vagaban libremente a las cabras.

La compañía dejará el pueblo pero el hombre decodificador seguirá leyendo y recibiendo, en cada nuevo pueblo, las emocionadas cartas de quienes le sintieron y le amaron, de quienes continúan percibiendo las ahora lejanas explosiones de su no-voz.

viernes, 6 de mayo de 2016

La desaparición de las cosas

"Según las últimas investigaciones en el terreno de la evolución psicosocial,                  la repentina desaparición de pequeños utensilios domésticos se debería a la actividad de un tipo particular de seres pequeños, obviamente invisibles, no extremadamente peligrosos que surgirían de forma espontánea en las casas que han permanecido durante mucho tiempo abandonadas. La teoría (en la práctica sólo se percibe su influjo perturbador) señala que las casas abandonadas no son, en sí mismas, una fuente generadora de sucesos peligrosos o terribles; se sostiene, simplemente, que la conjunción de ciertos factores más o menos inusuales sobre espacios deshabitados facilitaría la aparición de demonios con cualidades cuasi humanas. Dicha teoría está, sino completamente comprobada, si muy bien documentada.

En 1983 el reconocido sociólogo tanzano George Lilanga, capturó la hasta hoy única evidencia material de la existencia de dichos demonios utilizando para ello el ingenioso acoplamiento de una cámara fotográfica Zenit-EM de fabricación rusa, con un aparato de resonancia transelíptica orbital. Así, la maravillosa conjunción del instinto, el juego de luces generado por una sábana blanca y los lejanos aullidos de la noche tanzana, hicieron posible una toma que ha pasado a la historia como la única prueba de seres que habitan dimensiones paralelas o subparalelas a la nuestra.

Figura 17.1. Los demonios urbanos, George Lilanga.
La fotografía forma parte de la exposición permanente del
Museo de Bagamoyo, Tanzania.
En la imagen (figura 17.1), los vemos en una especie de eufórica danza tribal; sosteniendo objetos en sus manos, atesorando pequeñas posesiones birladas sobre sus cabezas. En el extremo inferior izquierdo se distingue, con toda claridad, una casa. La casa, solitaria y empequeñecida, es el símbolo inequívoco del extraordinario poder que estos demonios ejercen sobre los iconos del mundo material humano.

Se cree que, embriagados de poder, en el paroxismo de su danza se deslizan  a nuestra realidad para extraer pequeños enseres; gafas, bolígrafos, llaves. Cuando no lo consiguen (hay que tener en cuenta el desfase temporal entre la realidad que habitamos nosotros y la subrealidad paralela que habitan ellos), se limitan a cambiar el objeto de lugar. Si no tienen el tiempo suficiente, frustrados, los demonios urbanos simplemente lo tiran al suelo, es así como solemos descubrirdebido al inconfundible sonido del cristal al romperse, el sitio exacto al que han ido a parar nuestras gafas de lectura. 

Serían ellos, además, los causantes de ciertos sonidos inexplicables; de los perturbadores crujidos, del rumor del viento cuando no hay viento, de un ronquido lejano cuando nadie duerme, de las voces difusas que aparecen, de pronto, en la antesala de los sueños. 

A pesar de la inquietud que nos producen, la evidencia señala que los demonios, no son, de manera alguna, peligrosos. Jamás atentarán contra la vida o la seguridad de los habitantes de una casa, les mueven inquietudes meramente morales, existenciales, éticas. Al habitar ellos en un mundo inmaterial, no entenderían el extraordinario apego que los humanos sentimos por ciertas objetos. De todas formas, y si no queremos ser víctimas de sus agudas jugarretas, es menester saber que sus enseres preferidos son aquellos pequeños, brillantes, delicados y sonoros."


("Inventario de objetos aparecidos o desaparecidos; 
Efecto de su presencia o ausencia en el entramado social", página 101, 1995) 
Editorial Pequeños Mecanismos

jueves, 28 de abril de 2016

Aparato raro

"En 1850, durante una excavación en Mokelumne Hill, un aparato raro fue encontrado bajo la tierra. Cuando la pala del gambusino dio, con fuerza y estrépito, contra una superficie decididamente metálica, supieron al punto que habían encontrado algo, aunque al observarlo detenidamente no fueron capaces de precisar el qué. Nunca sabremos el influjo que dicho aparato había tenido o podía tener  sobre  el  curso de la vida en aquella región, sin embargo es necesario aclarar que esa misma noche la señora Mellie, quien había disfrutado durante toda su vida de una salud irreprochable, murió sin más sobre las colchas de su cama. Tenía entre las manos la foto de un hombre joven, un hombre que los observó a todos con indisimulado reproche, como si al extender los dedos de la señora Millie para retirar la foto se hubiese roto un hilo irreparable. Esa misma noche, además, nacieron un par de niños y una cabra. Nacimientos que, valga aclarar también, no eran esperados por nadie.
Reproducción del aparato hecha por Paolo Soleri
(ingeniero de minas). La imagen es cortesía de sus herederos.

El aparato fue trasladado a la oficina del sheriff donde ha permanecido desde entonces. Ante la imposibilidad de clasificarlo ante el temor de que la aparición de un aparato raro en las entrañas de un pueblo inminentemente minero ahuyentara a los inversores o disminuyera el ímpetu colonizador de quienes decidían atravesar sus fronteras, se tomó la inusual decisión de no informar de su descubrimiento a las autoridades estatales. Así lo confirma un documento no oficial (pero de valor moral según la costumbre de la época) firmado por el ministro del pueblo, el sheriff y el regente de la cantina. 

Cuando la fiebre del oro tocó a su fin y el pueblo volvió a ser sólo un simple pueblo sin interés comercial ni turístico para ningún viajero, ya nadie recordaba su presencia ni la forma, intempestiva y dramática, con que había aparecido. El paso del tiempo, el movimiento interno y natural de la vida cotidiana (las muertes, los nacimientos, los cambios administrativos, los pequeños desastres naturales y privados), no han ejercido sobre el aparato ningún influjo relevante a destacar. Permanece en la misma habitación donde se le puso hace más de cien años y ha sabido integrarse plenamente a la comunidad ejerciendo sin reproches de ningún tipo, como sostenedor de archivadores, perchero para los sombreros, generador de humus para las plantas y, en ocasiones en que la temperatura endurece ostensiblemente las tardes invernales de aquella zona, también como estufa. Tal vez, la única queja que corroa la mente de los vecinos con respecto del aparato, sea que de tanto en tanto (puede que cuando extraña el contacto de la roca fría contra su delicada piel de metal), emita durante horas un bip-bip desafinado e intermitente, muy similar al de las impresoras IBM estropeadas o al de las ruedas de una carreta sin engrasar."


("Inventario de objetos aparecidos o desaparecidos; 
Efecto de su presencia o ausencia en el entramado social", página 49, 1995) 
Editorial Pequeños Mecanismos


miércoles, 20 de abril de 2016

Fragmento de "Eróstrato, incendiario" (1896), Marcel Schwob

Arde, arde, todo arde. Eróstrato grita su nombre en medio de las llamas, funde su huella con las cenizas del Artemision. 

Eróstrato; el más devoto, el más leal, el repudiado por la diosa. Eróstrato el incendiaro. 

No pretende huir, los guardias le cogen, no opone resistencia. Ha profanado el tesoro de Artemisa, sólo él conoce el gran secreto vedado a los filósofos; las palabras de Heráclito latirán en su memoria más allá de la muerte.

Ha alimentado el fuego con el manto sagrado. Los pilares del templo se funden con la cúpula de ébano. Las voraces lenguas rojas tampoco mostrarán respeto por la diosa.

"En efecto; al ser torturado confesó que había comprendido de repente el sentido de la palabra de Heráclito, el camino de lo alto, y porqué la filosofía había enseñado que el alma mejor es la más seca y la más inflamada. Atestiguó que su alma, en ese sentido, era la más perfecta y que él había querido proclamarlo. No reconoció ningún otro motivo a su acción como no fuera la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre. Dijo que sólo su reino hubiera sido absoluto, puesto que no se le conocía ningún padre y que Herostratos hubiera sido coronado por Herostratos, que era hijo de su obra y que su obra era la esencia del mundo; que de ese modo habría sido al mismo tiempo rey, filósofo y dios, único entre los hombres."
La noche en que Eróstrato incendió el templo en Éfeso, vino al mundo Alejandro, rey de Macedonia.


martes, 19 de abril de 2016

Fragmento de "Bartleby, el escribiente" (1853), Herman Melville

Asistimos al final. El abogado observa al escribiente. Bartleby, acurrucado al pie de un grueso muro espera su inevitable final. Somos testigos del hombre que ha cumplido con todas las exigencias; eficiente, laborioso, serio, responsable, perplejo ante la discordancia, y, al otro lado, inmóvil y contemplativo, al que es una carta muerta, un sobre sellado al que nadie (salvo un destinatario ahora inexistente), podría develar. 

No puede existir comunicación verbal, no hay lazos que le unan a nadie, ha llegado tarde, se ha extraviado en el camino, alguien se ha confundido en las calles, en los buzones de unas casas que, a primera vista, parecen todas iguales. La carta sin destinatario ha vuelto al servicio de correos.

¿Qué se hace entonces con el elemento que no encaja?, ¿qué esperanza hay para la pieza que no funciona?  

"El patio estaba completamente tranquilo. A los presos comunes les estaba vedado el acceso. Los muros que lo rodeaban, de asombroso espesor; excluían todo ruido. El carácter egipcio de la arquitectura me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un suave césped cautivo. Era como si en el corazón de las eternas pirámides, por una extraña magia, hubiese brotado de las grietas una semilla arrojada por los pájaros."


lunes, 18 de abril de 2016

Pruebas irrefutables de vida en otros planetas (Rodrigo Fresán)

Así, como al libre chisporroteo de las neuronas se le antoja, se van presentando los relatos esta esta sección. Y hoy, buscando en mi minibiblioteca una novela perdida de Roberto Bolaño, me he encontrado por casualidad con "La velocidad de las cosas", un libro de relatos del cada vez más leído en España, Rodrigo Fresán. Un escritor argentino afincado en Barcelona, poseedor de una vasta cultura lectora, amigo íntimo de Roberto Bolaño y experimentado ladrón de libros en su juventud. Un escritor que no escribe novelas de ciencia ficción sino con ciencia ficción, pynchoniano, cheeveriano, dickniano, bolañiano, prologuista de grandes autores, articulista en Página 12, crítico de la sociedad de consumo, la inmediatez y la banalidad, y fértil, ultrafértil, escritor de maravillosas realidades paralelas, que, casi siempre, tienen como protagonista a un escritor.


3) "Pruebas irrefutables                  de vida en otros planetas" 

(Rodrigo Fresán);

Rodrigo Fresán, el escritor de la literatura amable, de la complicidad con el lector, de lo sencillo presentado como grandes cuestiones a través de la varita mágica de las palabras, y que, últimamente, en su novela "La parte inventada" ha devenido en una repetición (a veces un poco pesadita) de sus antiguos temas y novelas. No voy a mentir, no acabé ni pienso acabar "La parte inventada", y sin embargo, a veces, me da por volver a los relatos de "La velocidad de las cosas", una larga aspiración de oxígeno puro; maximalista, alucinógeno, onírico, Rodrigo Fresán destila frases que se enrollan una y otra vez sobre sí mismas y que son una verdadera delicia en tiempos en los que a uno le da por leer llevado únicamente por el gusto de ver cómo las palabras se deslizan, con fluidez y encanto, frente a los ojos.

En "Pruebas irrefutables de vida en otros planetas" (el segundo de los relatos que forma parte de  "La velocidad de las cosas") Hilda, una niña pequeña, fea, pero extremadamente inteligente, pervive con unos padres grandes, hermosos, pero indeciblemente superficiales. Desazón, soledad y también algo de esperanza, impregnan las páginas de un relato que divaga entre la vida y la muerte, el espacio y la tierra, el amor y el dolor, el presente, el pasado y el futuro. Un futuro íntimo pero también universal, distópico para algunos a la vez que utópico para sus elegidos, que discurre tan sólo un paso más adelante que el nuestro. Un escenario que brilla en toda su oscuridad, en pulsiones histéricas de mundo fuera de control o controlado por el vacío, por luces que jamás de apagan, por fiestas que nunca terminan. Personajes que transitan entre la realidad real y la realidad del muñeco que, acabada la función, se quita las pilas para caer en su caja, hasta la próxima, hasta cuando haya que desempolvar el traje y salir al escenario a recitar, otra vez, las mismas líneas tan conocidas y gastadas.

Desde la perspectiva de un narrador muerto que observa desde el más allá se narra la historia de un hombre, de una mujer, de una niña, la historia de una sociedad acuciada por la tiranía de la luz y la velocidad. Y como conjuro al aislamiento, a la imposibilidad de establecer relaciones auténticas con otros seres humanos, aparece Hilda, una pequeña que, aferrada a un almohadón que representa a la tierra y las distancias cósmicas que la separan de cualquier otro lugar habitable del universo conocido, pasa las noches rezando a sus dioses, recitando las inconmensurables y tranquilizadoras medidas del espacio. Ajena a la vida de sus padres, observadora de un mundo del que no puede sentirse parte. Hilda pequeña, inquietantemente lúcida, extrañamente fuerte, piensa en lo que importa de verdad; en la materia que separa las constelaciones, ese espacio que para ella no es vacío sino el lugar donde se encuentra la respuesta a todas sus preguntas; allá, fuera, lejos, sola. Hilda no es otra que la persona que descubra pruebas irrefutables de vida inteligente en otros planetas


"Hilda empezó a rezar.
Hilda aprendió a creer en algo, a partir de la caja de un almohadón importado.
Hilda le reza todas las noches a los Grandes Jerarcas de Urkh 24.
Hilda no va a traicionar a su almohadón.
Hilda va con su almohadón planetario a todas partes aunque, con el paso de los años y los colores desteñidos, resulte un tanto difícil identificar la silueta de los continentes.
Mejor, piensa, Hilda, mi almohadón ya no es más la Tierra; ahora mi almohadón es Urkh 24"


Los relatos de Fresán (desconozco si sea ese su objetivo), parecen estar escritos por y para una cofradía de seres descontentos y perplejos que transmiten desde su desesperación y que proyectan, desde su particular versión del mundo, lo mismo que nosotros los lectores hemos vivido y sentido. No sé si sea necesario leer a todo Fresán, pero sí que es recomendable leer ciertos relatos de Fresán, y, "Pruebas irrefutables de vida en otros planetas", es uno de ellos.

Según dicen, Rodrigo Fresán es uno de los escritores más prometedores de la literatura contemporánea escrita en castellano, incluso, en múltiples ocasiones, se le ha comparado con una versión remasterizada y pop de Gabriel García Márquez, con todo lo bueno y todo lo malo que eso pueda significar. Sus novelas más recomendables (ya que estamos) son "Los Jardines de Kensington" y "Mantra" y por supuesto todos los relatos de "La velocidad de las cosas".



sábado, 16 de abril de 2016

El arco iris de gravedad (parte 8)

Páginas 87-97

Parte 8 de la "reseña-resumen"             de "El arco iris de gravedad"               de Thomas Pynchon...



Las secciones de la novela, de común breves, se extienden algo más cuando se trata de abordar estados de ánimo, emociones o sueños de los personajes. En esta sección (las "secciones" como yo las llamo, son los párrafos contenidos entre un asterisco y el siguiente), la acción se desarrolla a través de pensamientos y recuerdos, impresiones que personajes como Jessica Swanlake, Roger Mexico, Edward W.A. Pointsman y Geoffrey Pirate Prentice tienen sobre sí mismos, sobre otros personajes o sobre la guerra. Así se construye la realidad. Aparecen elementos y detalles, la historia avanza (retrocede, se detiene, se proyecta), creando la sensación de movilidad con los cambios de tiempo narrativo, la multitud de miradas sobre un mismo objetivo y la constante entrada y salida de personajes. Nadie pensaría en el desorden o en el caos, más bien un efecto de contraste o de profundidad, de complejidad que no es no es de no entender lo que pone sino de leer algo que no es lineal en el tiempo ni plano en el espacio.


Jessica despierta junto a Mexico en la casa donde se ven a escondidas. El sueño-pesadilla que tenía justo antes de despertar, se funde con el frío de la habitación, con el aspecto de las calles desde la ventana. Mexico duerme, murmura palabras entre sueños. La mente de Jessica vaga entre recuerdos y deseos ¿por qué nada puede ser normal? ¿por qué sólo la guerra importa? Desde su escondrijo la guerra parece lejana, casi irreal, y sin embargo, la amenaza es siempre latente. Aún en sueños, permanecen con los ojos pegados al cielo.

Para Jessica, Mexico sigue siendo un jeroglífico, y sin embargo, de alguna manera, es la única que le comprende. Lejos de la precognición, Mexico determina probabilidades de caos explosivo de los barrios de Londres, aplicando una sencilla ecuación de Poisson sobre un mapa. Pero a Jessica se le escapan las piezas, es incapaz de unir sobre una hoja cuadriculada el probable destino de los puntos. A los ojos de Jessica, a los ojos de todos los miembros de la Visitación Blanca, Roger Mexico parece cada vez más un profeta. En los ceniceros de su despacho las colillas de cigarrillo se amontonan. Opuesto a los valores absolutos en los que se mueve Pointsman (los mecanismos precisos de la dupla acción-reacción), Mexico aparece como su gemelo matérico opuesto; como el anti-Pointsman. Todo él observado constantemente desde el exterior, como el elemento más raro e incomprensible en un grupo compuesto por seres con curiosas capacidades mentales.

Los pensamientos de Jessica continúan, avanzan y retroceden, se internan en la imagen de Mexico sobre la cama, del cigarrillo que enciende con la colilla del anterior, llenando así su necesidad de llorar...
"¿Y la gente que tendría que estar
durmiendo en esas casas vacías, la gente que fue arrojada de ellas,
algunos para siempre…? ¿Sueñan con ciudades llenas de brillantes
luces en la noche, con navidades vistas otra vez desde la ventajosa
perspectiva infantil y no como ovejas acurrucadas, tan vulnerables
en  la  desnuda  ladera  de  la  montaña,  tan  blanqueadas  por  el
resplandor de la terrible Estrella? ¿O sueñan con canciones alegres,
tan  encantadoras  y  auténticas  que  pueden  recordarse  al
despertar…? ¿Sueños de tiempos de paz…?"
Y de pronto, la muerte entra derribando las ventanas con la onda expansiva de su presencia. Un cohete ha caído cerca de la casa.